A 170 kilómetros al sur de Trelew, el paraje chubutense propone una experiencia marcada por el silencio, el mar, el fuego y la desconexión digital. “Con el frío es tiempo de interiores, de lectura, buena comida y de compartir charlas junto al fuego”, describe Elaine.


La Ruta Patagonia Azul (RP 1), que une el norte y el sur de la costa chubutense, funciona para muchos visitantes como un portal hacia un lugar donde el silencio cobra volumen y el viento patagónico marca el ritmo de las horas. En ese recorrido, Cabo Raso se presenta como un testimonio de resistencia y belleza: un paraje que supo ser un pueblo activo, quedó en ruinas y hoy, a partir de un proyecto familiar, vuelve a latir al pulso de la naturaleza.

Si bien el verano es la postal más conocida, el invierno en Cabo Raso propone un encanto particular. Elaine, pionera y alma del emprendimiento, recuperó gran parte de las construcciones originales del paraje y sostiene que la temporada fría ofrece una faceta distinta, pero igual de atractiva.

“Las opciones son similares a las del verano, pero con el frío es tiempo de interiores, de lectura, buena comida y de compartir charlas junto al fuego. La propuesta se vuelve sumamente interesante y única”, señaló.

El refugio como forma de habitar el paisaje

La dinámica de alojamiento evolucionó desde aquellos años de inicio, cuando todo era más improvisado. Hoy, Cabo Raso ofrece distintas alternativas, desde casitas autosuficientes, equipadas para enfrentar el frío, hasta la calidez de la hostería.

Cabo Raso, en la costa atlántica de Chubut

Foto Instagram @caboraso

El corazón de la vida social está en el salón comedor, un espacio común donde se cocina, se comparte la mesa y la convivencia fluye de manera natural.

Lo que marca la diferencia en este rincón de la Ruta Patagonia Azul es la filosofía de su propuesta. Allí, la ausencia de Wi-Fi no aparece como una limitación, sino como una invitación deliberada a soltar la urgencia cotidiana.

“El perfil de personas que nos visita busca básicamente desconectarse. No tienen señal, no pueden ir a otro lado; tienen que estar ahí, tomarse un café y habitar el lugar”, comentó Elaine.

Esa premisa obliga al visitante a abandonar la inmediatez y centrarse en lo esencial: el bienestar, la paz y la conexión con la naturaleza y el entorno.

La propuesta gastronómica acompaña ese ritmo pausado. Al estar ubicados en un punto remoto, la cocina se nutre de lo que el equipo prepara diariamente. “Es comida casera, lo hacemos todo nosotros”, resumió Elaine sobre una oferta que también funciona como un acto de cuidado hacia quienes llegan después de recorrer los kilómetros de ripio que separan al Cabo del resto del mundo.

Un pacto con la historia y la sustentabilidad

El paraje mantiene un código de convivencia pensado para preservar la fragilidad del ecosistema patagónico. Se utiliza energía solar, agua de pozo y se recicla buena parte de los materiales que forman parte de las instalaciones.

Uno de los espacios más particulares es el comedor que funciona dentro de un antiguo búnker militar construido para el histórico misil Cóndor II. En Cabo Raso, cada construcción conserva una historia vinculada al pasado del lugar.

La experiencia puede incluir surf para quienes se animan a los swells de invierno y a las aguas heladas, caminatas por senderos que bordean acantilados, observación del cielo estrellado o simplemente contemplar el mar desde un ventanal mientras el frío ruge afuera.

Aquella idea nacida en 2007, orientada a recuperar lo que estaba en ruinas, permite hoy que viajeros de distintos lugares descubran una forma de estadía basada en lo indispensable. Rodeado de guanacos, maras y un mar bravío, Cabo Raso se presenta como un refugio donde el tiempo parece detenerse.

Cómo llegar y consejos ante el rigor patagónico

Llegar a Cabo Raso también forma parte de la experiencia. El acceso se realiza por la Ruta Provincial 1, un camino de ripio que requiere conducción atenta y constante.

Antes de salir, es fundamental verificar el estado de los caminos, especialmente en días de precipitaciones, heladas intensas, niebla o nieve, ya que la traza puede tornarse resbaladiza o presentar sectores con barro.

También se recomienda viajar durante las horas de luz solar y evitar los traslados nocturnos, debido a la presencia de fauna silvestre sobre la calzada y a la escasa señalización.

Ante condiciones climáticas adversas, es importante contar con un vehículo en buen estado, llevar una rueda de auxilio en óptimas condiciones y prever provisiones extras. En la Patagonia, viajar con planificación es clave para que el camino hacia Cabo Raso sea el comienzo de una pausa inolvidable.

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