La muerte del “Indio” Solari cierra una de las historias más singulares de la música argentina y abre el mito que quedará para siempre. Aunque nunca construyó su carrera pensando en las grandes pantallas ni en los circuitos tradicionales de la industria cultural, terminó convirtiéndose en una de las voces más influyentes de las últimas décadas. También en la Patagonia.
Y hay algo curioso en esa relación.
Durante años, las canciones del Indio acompañaron a miles de personas, también en el sur del país, aun cuando ni Los Redondos ni el propio músico formaron parte del paisaje habitual de recitales en el sur. Sus letras sonaban en radios nocturnas, viajaban en casetes grabados una y otra vez, aparecían en discos prestados y acompañaban recorridos interminables por rutas donde el horizonte parecía no terminar nunca.
Hubo un tiempo en que la música tardaba en llegar. Las novedades no aparecían de manera instantánea en la palma de la mano a través de un smartphone. Había que esperar. Conseguir un disco. Grabar una canción de la radio. Pedirle a alguien que volvía “del norte” y trajera un CD. Que “el norte” era de Comodoro “para allá”.
En ese recorrido lento y paciente también se fue construyendo el vínculo entre la Patagonia y la obra de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
Una Patagonia que también era suya
La relación del Indio Solari con el sur no se limitó a las canciones que durante décadas sonaron en radios, casas y rutas patagónicas. Mucho antes de convertirse en una figura central del rock argentino, una parte de su historia familiar ya estaba ligada a esta región.
En su libro Recuerdos que mienten un poco, el músico reconstruyó parte de la vida de su madre, Celina Estelita Solari, conocida como Chicha, cuyos primeros años transcurrieron en localidades del norte de la Patagonia. A través de esos relatos aparecen pueblos pequeños, estaciones de tren, paisajes abiertos y una vida marcada por las dificultades y aventuras propias de una región que entonces todavía conservaba rasgos de frontera.
Solari cuenta que su madre fue criada en Río Colorado por quienes terminarían convirtiéndose en sus padrinos y “abuelos postizos”. Al recordar aquella etapa, describe una Patagonia muy distinta a la actual. En uno de los pasajes del libro señala que quienes vivían en el sur por entonces hacían una verdadera “vida de frontera”, una expresión que resume el espíritu de aquellos pueblos en formación.
Imagen compartida en las redes sociales del Indio, con motivo del día de las madres.
Las memorias de Chicha, registradas por el propio músico años antes de publicarlas, hablan de una infancia atravesada por la vida cotidiana de Río Colorado y Choele Choel. Recuerda la iluminación a gas de carburo en el hotel donde creció, los serenos que encendían las farolas al caer la tarde y las historias que circulaban en comunidades donde todos se conocían. Son escenas pequeñas, domésticas, pero ayudan a reconstruir una Patagonia que hoy parece muy lejana.
También aparecen personajes, anécdotas y episodios que el propio Solari presenta como parte de ese universo familiar. Más que una referencia geográfica, la Patagonia surge en sus memorias como un paisaje humano, vinculado a los relatos que escuchó desde chico y que terminaron formando parte de su identidad mucho antes de convertirse en una figura central del rock argentino.
Esos recuerdos familiares ocuparon un lugar importante en la memoria del músico. Décadas después, el propio Solari evocó viajes al sur y escenas que habían permanecido vivas en las historias transmitidas dentro de su familia.
Quizás por eso la Patagonia aparece en sus memorias lejos de cualquier idealización, como un espacio ligado a los afectos, a los orígenes y a las historias que ayudaron a moldear el universo personal de quien más tarde se convertiría en el Indio.
Mientras otros músicos ocupaban programas de televisión y revistas, el Indio construía una relación diferente con su público. Las canciones iban primero, las interpretaciones después. No existía la inmediatez de recibir en el instante lo que se había grabado en Buenos Aires.
Cada oyente encontraba su propia forma de leer esas letras cargadas de imágenes, referencias y preguntas que rara vez ofrecían respuestas sencillas.
Con el paso de los años, la música dejó de ser solamente música. Se transformó en una experiencia compartida. En una generación que aprendió de memoria versos enteros. En amistades, en viajes organizados para recorrer el país desde el sur y llegar a cada una de las misas. De encuentros atravesados por canciones que todavía hoy siguen sonando en parlantes, auriculares y radios de todo un país.