Cada mayo, más de un centenar de vehículos dejan el asfalto para recorrer algunos de los caminos más aislados de Santa Cruz. Una travesía que va mucho más allá de los paisajes, rescatando una forma de viajar, de compartir y de encontrarse que parecía haber quedado en otro tiempo.
Hubo un tiempo en que los caminos patagónicos se recorrían sin apuro. Los mercachifles iban de estancia en estancia con sus pilcheros cargados de mercadería, las radios de banda de 80 metros mantenían conectados a los pobladores y las señaladas reunían a vecinos de campos distantes en una verdadera fiesta comunitaria.
Si alguien preguntaba por un alambrador o un domador, siempre había alguien que sabía dónde encontrarlo. Ese espíritu, el de una Patagonia construida sobre el tiempo compartido, la solidaridad y el encuentro, todavía sobrevive en algunos rincones de la meseta central. Y cada mayo, el Rally Patagónico encuentra una manera de volver a ponerlo en movimiento.

Viajar a la velocidad del paisaje
“La idea nunca fue hacer un rally”, cuenta Wendt Von Thüngen. Hace años, junto a un grupo de amigos, empezó a imaginar un viaje inspirado en las antiguas carretas que transportaban lana por la Patagonia. “Queríamos salir de Puerto Deseado hasta Lago Posadas al ritmo del paisaje, haciendo unos 15 kilómetros por día, con campamentos. Esa era la idea original”.
El proyecto comenzó a tomar forma en 2020, cuando organizaron una travesía encabezada por un camión Diamond T 6×6 de 1941, utilizado durante la Segunda Guerra Mundial. Participaron unas 40 personas entre autos y motos, incluso pilotos veteranos de Malvinas. Después, casi sin proponérselo, apareció el Rally Patagónico.
“Lo de rally es bastante relativo”, aclara. “Es más bien un viaje de amigos que agrupa personajes de todos lados”. Hoy participan viajeros de Chile, Uruguay y distintos puntos de Argentina, pero la esencia sigue siendo la misma: “Se viaja a la velocidad del paisaje”.
Von Thüngen dice que el Rally Patagónico “empieza mucho antes del día de la largada”. Durante meses circulan historias de ediciones anteriores, aparecen repuestos, se buscan “cachirulos” y se preparan los vehículos para volver a salir. “Se va armando una camaradería muy especial en la que cada uno pone lo que tiene. La idea es divertirse”.
Esa forma de entender el viaje se hace visible en pequeñas historias que se repiten edición tras edición. Este año, uno de los participantes que siempre viajaba con un Mehari perdió el auto en un incendio pocos días antes de la partida. “Alguien de Mendoza, que nunca había participado y se había anotado por primera vez, propuso hacer una colecta para conseguirle otro. Finalmente compraron un Ami 8 y pudo hacer el rally”. Para Von Thüngen, esa historia resume mejor que cualquier definición el espíritu de la travesía.


La Ruta 41, la estrella del viaje
Para muchos participantes, el Rally Patagónico cambia de ritmo cuando llega a ese tramo. El recorrido varía en cada edición, pero hay dos lugares que nunca faltan: “la 41” y la Estancia Casa Blanca. “La Ruta 41 y Casa Blanca se hicieron las estrellas del rally”, dice Wendt Von Thüngen.
¿Por qué? La respuesta, otra vez, no tiene que ver con la distancia recorrida, sino con lo que ese camino despierta en quienes lo transitan.
“Siempre hay nieve, barro, la sensación del fin del mundo e increíbles paisajes. Son rutas que prácticamente no se usan y menos en mayo. Por la 41 circula la gente de los campos en verano y algún turista aventurero. Por Casa Blanca… ni los aventureros.”
Von encuentra la definición que mejor resume ese tramo: “Es descubrir la Patagonia vieja”. Y enseguida explica qué significa.
“No es que antes fuera mejor. Había otro tiempo. Había solidaridad entre los vecinos. Todos los campos tenían un equipo de radio de banda de 80 metros y, a determinada hora, los pobladores se comunicaban entre sí. Si preguntabas por un alambrador o un domador, siempre había alguien que sabía dónde estaba”.

Recuerda también a los antiguos mercachifles que recorrían las estancias, a los cocineros de las esquilas y a las señaladas que reunían a los pobladores en una verdadera fiesta
“En la meseta central todo eso sigue parecido, pero con menos gente. El rally revive algo de ese espíritu”.
Y ese modo de encontrarse aparece mucho más allá de los paisajes, porque también se refleja en la forma en que los participantes viven la travesía.

No son pocos los que, después de una edición, vuelven por su cuenta para recorrer otra vez la ruta 41. Entre ellos está el tío de Wendt, que a sus 94 años sigue manejando solo y hace poco hizo tres veces el tramo entre Los Antiguos y Lago Posadas. “Ha viajado por buena parte del mundo y conoce muchísimo, pero dice que la 41 le parece fantástica”, cuenta.
Quizás porque ahí todavía sobrevive algo que parece cada vez más difícil de encontrar: un camino donde el viaje importa más que la llegada y donde todavía es posible avanzar, como soñaron sus primeros organizadores, a la velocidad del paisaje.
