Mientras escucho el audio que Pablo me manda desde la meseta, el viento se mete en la grabación. No hace falta que lo nombre… está ahí todo el tiempo, empujando la tela del domo, colándose entre las palabras. Pablo comienza contando su Navidad como si fuera la cosa más natural del mundo: “Navidad igual pasé acá con los tobianos”, dice, y sigue hablando.
Hoy es el último día del año del 2025. Pablo Hernández es miembro del equipo de la Fundación Macá Tobiano y pertenece a la Secretaría de Estado de Ambiente de la Provincia de Santa Cruz. Llegó ayer a los domos que están ubicados al noroeste de la meseta del Lago Buenos Aires. Si bien está a unos 40 km de distancia de Los Antiguos, llegar hasta ese punto remoto en la meseta, le implica unas 8 horas de viaje.

Pablo me aclara enseguida que en realidad “ando dando vueltas hace un mes y algo”, recorriendo lagunas, resolviendo cosas de la fundación, viendo qué aparece. Ahora le toca arreglar el domo. “No está bueno que estén así”, explica porque el último viento los sacudió un poco, pero se las arregla como puede. El año pasado lo solucionó con una lona, “una solución provisoria”, que no aguantó tanto. Esta vez volvió a improvisar con tablas y quedará “provisorio de por vida”, se ríe.
La voz cambia cuando cuenta la buena noticia. Había bajado al pueblo a comprar maderas y cuando volvió pasó por las dos lagunas que está cuidando. “Los nidos están a full”, dice, y se le nota el alivio. Son lagunas bastante protegidas del viento, algo que lo tenía preocupado. En una, hay once nidos de macá tobiano y algunos Macá plateados dando vueltas; en la otra hay cinco nidos y “una pareja más que está armando plataforma nueva”. Cerca del domo, en otra laguna, había visto cuatro tobianos cuando cayó la noche. Hoy volvió a confirmar que “sí estaban armando plataforma” y en un rato más va a ir a chequear eso otra vez.

Habla rápido, se corrige, se ríe solo. En un momento se frena y dice: “Hace rato no hablo con gente”. Se disculpa casi sin darse cuenta y sigue. El trabajo, explica, consiste básicamente en cuidarlos, en “estar casi todo el día en las lagunas”. Como las otras dos están a cinco o seis kilómetros una de la otra, no puede quedarse siempre en una sola. “Voy un rato a una, después voy a la otra”. Lo principal es cuidar de las gaviotas y ver qué pasa. Después viene todo lo demás. “Todo lo que se puede observar se anota en una libreta”, y después esa información se comparte con el equipo. Esos datos sirven para entender la biología y el comportamiento del macá y para que, cuando los huevos están en la incubadora, “se pueda replicar lo más parecido posible a lo que vemos en la naturaleza”.
También está atento a los rastros del visón americano, una especie exótica que amenaza al macá tobiano. “Si llega a haber visón, hay que salir de noche con linterna”, cuenta. Con las gaviotas pasa lo mismo. Hay que observar, anticipar, actuar si hace falta. “Cuidar no es mirar de lejos, es estar ahí”.

Hay días en los que le toca recorrer doce lagunas. Casi veinte kilómetros. “Es caminar, ver si hay macá, tomar los datos, censar toda la laguna, contar todas las aves”, dice, y anotarlo todo en la planilla. Así van viendo dónde se arman colonias nuevas y, cuando eso pasa, se instalan campamentos.
Entre laguna y laguna, el paisaje aparece sin esfuerzo en su relato. Cuenta “cómo la estepa va floreciendo”. Habla de insectos por todos lados, de las lagartijas que salen cuando hay días de sol, de otras aves que también tienen pichones muy chiquititos. “Todo lo que hay acá, todo lo que rodea a este ambiente”.
Empezaron en 2010, recuerda, con las primeras campañas. Desde entonces, “todos los veranos sigo viniendo para acá”. No sabe bien por qué, dice. Y cuando le pregunto, se queda con la idea dando vueltas. “Es como que te nace hacerlo”, que desde que se generó un vínculo con el tobiano “es como que hay que hacerlo y no es que venga por plata o por nada”.
Nuestra charla le hace pensar y casi sin darse cuenta de “cómo pasa el tiempo”, hoy, quince años después, sigue haciendo lo mismo. “Sigo haciendo las cosas por él”. En los primeros años, eran poquitos y le tocó quedarse solo. “De hecho, fui el primer guardián de colonia”. Y ahora, quince años después, sigue estando.
Lo que implica elegir quedarse

También están las cosas que se pierden. Pablo las nombra sin dramatizar, pero se sienten. En la primera campaña nació su primera sobrina; hoy tiene quince años y “pude estar en dos o tres cumpleaños nada más”. Nació en enero, como casi todo acá. “Muy difícil compartir esas cosas”. Para la época de las fiestas pasa lo mismo. Volver a Río Gallegos por dos días no siempre tiene sentido cuando hay tanto para hacer y tan poco margen.
Ahora, dice, es distinto. Con la comunicación satelital “te podés comunicar”. Puede ver las fotos de amigos organizando la fiesta, armando el encuentro familiar. Cuenta que un poco, “igual, las extraña”. Pero también sabe que lo que está pasando arriba de la meseta es importante y urgente y no solo para él.
Pablo transmite una emoción nueva cuando habla de lo que están viendo esta temporada. Dice que volvieron a aparecer lagunas con vinagrilla, “como hace diez o doce años”, en los primeros recorridos, cuando todavía no sabían tantas cosas del macá. “Volver a ver lagunas con vinagrilla y ver nidos de macá es zarpado”, dice. En una, ya nacieron todos los pichones, “nacieron treinta y uno”. En la otra ya empezaron a nacer y había más de treinta nidos. “Ver a los pichoncitos en el agua, como hace un montón de años, emociona un montón”. Hace mucho tiempo que no podían ni siquiera tomar esos datos.

Por eso la urgencia. Por eso la importancia de estar ahí arriba cuidándolos. Pablo dice que “es una oportunidad que se da y hay que estar”, que no se pueden dejar pasar esas oportunidades. El audio se corta porque tiene que seguir. Hay que terminar de arreglar el domo antes de que llegue la noche.
Quince años después, Pablo sigue ahí. No por costumbre ni por obligación. Está porque elige estar. Porque entiende que cuidar al macá tobiano es más que proteger a una especie en peligro, sino sostener un equilibrio frágil que también nos incluye. Cada nido que resiste, cada pichón que vuelve al agua, habla de un territorio que todavía puede ser cuidado si hay alguien dispuesto a quedarse.

Él no se nombra héroe, seguramente no le gustaría. Pero en la historia silenciosa de la conservación del macá tobiano en Santa Cruz, hay nombres que se repiten verano tras verano, lejos de las ciudades y de las fechas importantes. Personas que, sin épica ni discursos, eligen estar cuando hace falta. Y gracias a esas decisiones —personales, a veces solitarias— hoy algo vuelve a pasar en esas lagunas. Algo que, de alguna manera, también nos cuida a todos.
Daniella Mancilla Provoste
Fotos: Pablo Hernández
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