Cada año, con el cambio de estación, grupos de guanacos retoman sus rutas entre la meseta y las zonas más bajas de Santa Cruz. Investigaciones recientes muestran que estos desplazamientos responden a una memoria colectiva, pero advierten que muchos de esos recorridos hoy se ven interrumpidos por alambrados y otras barreras en la estepa.

En el noroeste de Santa Cruz, cuando el frío empieza a sentirse distinto y el paisaje cambia de ritmo, algo se activa en la estepa. No se ve de inmediato, pero sucede. Los guanacos comienzan a moverse. Y no es un desplazamiento cualquiera, al azar. Es una migración.

Durante años, equipos de investigación siguieron esos recorridos con paciencia. Apoyados con los datos que brindaron collares satelitales, observación en campo, registros a lo largo del tiempo. Así empezaron a confirmar lo que ya intuían. Como explica el biólogo Andrés Rey en la nota Guanacos en movimiento, “algunos grupos recorren decenas de kilómetros entre la meseta y zonas más bajas, repitiendo trayectos año tras año”.

Esa repetición no es casual.

“Lo interesante es que no todos los guanacos migran, incluso viviendo en ambientes similares”, señalan los investigadores citados en ese trabajo. Esa diferencia fue una de las pistas más fuertes para empezar a pensar que había algo más que clima o alimento detrás de estos movimientos.


De la misma forma, “hay familias enteras que no migran porque prefieren quedarse en las zonas más bajas y no gastar esa energía en subir, y esta información (de no migrar) la van pasando a sus descendientes”.

Sin embargo, las migraciones de guanacos son unos de los procesos ecológicos más amenazados del mundo. Incluso, el Poder Legislativo de la provincia de Santa Cruz, a través de la Resolución Nº 184/2012, solicitó al Poder Ejecutivo provincial que se declare al guanaco como una “especie perjudicial”.

Y es que, cada vez que ocurre un siniestro vial que involucra animales en la ruta, aparece un reclamo que se repite. La “opinión pública”, muchas veces empujada por lo que se dice y se repite, pide “hacer algo” porque los guanacos serían un peligro.

Sin embargo, los datos muestran otra cosa.

Según el informe anual de siniestralidad vial en Santa Cruz, la incidencia de accidentes vinculados a fauna es muy baja. En términos generales, estos casos representan, en promedio, apenas el 5 % del total de incidentes viales en la provincia.


Una memoria que se transmite

Lo que hoy se sabe es que algunos grupos permanecen en el mismo lugar durante todo el año, mientras otros sostienen estos desplazamientos estacionales generación tras generación.

Ahí aparece una de las ideas más potentes. “La migración no se da solamente como una respuesta al ambiente o a lo climático, sino que también puede ser una conducta cultural”, explica Rey. Es decir, un comportamiento que se aprende y se transmite dentro del grupo.

Los más jóvenes siguen a los adultos, recorren los mismos caminos, reconocen señales del entorno. Aprenden moviéndose. Al usar el espacio de acuerdo a las estaciones del año, favorece la regeneración del suelo y promueve pastizales saludables. Esto ayuda a almacenar carbono en el suelo, desempeñando un rol clave en la mitigación y adaptación al cambio climático.

“Es un conocimiento colectivo que no está escrito, pero que se mantiene en el tiempo”, describen los especialistas. Así, cada desplazamiento deja de ser solo una estrategia de supervivencia y pasa a ser parte de una historia compartida.

Fotos: Joaquín Sportelli

La estepa como un sistema en movimiento

Hablar de migraciones en la Patagonia, como señalan las investigaciones, nos dice que “los ambientes funcionan como sistemas dinámicos, donde distintas áreas se usan en diferentes momentos del año”. La meseta, los valles, las zonas más bajas: todo está conectado por rutas que no vemos, pero que existen.

En ese mapa vivo, los guanacos cumplen un rol central, pero esos movimientos hoy encuentran obstáculos.

Fotos: Joaquín Sportelli


“El avance de los alambrados y otras infraestructuras fragmenta estos recorridos”, advierten los equipos que trabajan en conservación. Y agregan que “cuando se interrumpen estas rutas, no solo se afecta el movimiento, también se pierde ese conocimiento que se transmite entre generaciones”.

En la estepa patagónica, los alambrados forman parte del paisaje. Para las personas marcan límites, pero para la fauna funcionan como barreras que interrumpen rutas que llevan siglos activas.

Como explica Emanuel Galetto, director del equipo de conservación de Parque Patagonia, “muchos individuos perdieron la capacidad de moverse largas distancias para sobrevivir”. Y eso no es un detalle menor, porque “las rutas migratorias son esenciales para el ecosistema de la estepa y para la supervivencia de la especie”.

El impacto es profundo y, en muchos casos, invisible.

“La magnitud del problema es alarmante —advierte—. Se estima que cada año mueren 27.000 guanacos enganchados en los alambrados de la Patagonia”. Y es que, “los cercos funcionan como muros invisibles que fragmentan hábitats y reducen las posibilidades de supervivencia”.

Los momentos más críticos coinciden, justamente, con las migraciones. Entre abril y mayo, cuando los animales bajan de las mesetas, y entre agosto y septiembre, cuando vuelven a subir. “También hay años de nevadas muy fuertes en que los guanacos quedan frenados por las barreras de alambre y mueren de hambre y frío, porque no logran llegar a las pasturas”, señala.

Frente a ese escenario, algunas acciones empiezan a cambiar la escala del problema.

En el Parque Patagonia, equipos de conservación retiraron 52 kilómetros de alambrados y adaptaron otros 48, una intervención que puede parecer simple, pero que empieza a mostrar resultados. Quitar la última hebra de alambre o bajar su altura permite que los animales vuelvan a pasar.

“Resolverlo es indispensable para el futuro de la fauna patagónica”, resume Galetto.


Lo que está en juego

Entender las migraciones de guanacos es una herramienta que nos ayuda a repensarlos en el delicado equilibrio del ecosistema patagónico y comprender que para conservar a la especie, es necesario proteger también sus recorridos.

“Conservar implica mantener la conectividad del paisaje”, sostienen los especialistas. Es decir, garantizar que los animales puedan seguir haciendo lo que hicieron siempre.

En distintos puntos de Santa Cruz, ya se trabaja en esa línea, con adaptación de alambrados, generación de corredores, monitoreo de poblaciones. La pregunta de fondo es simple, pero tan potente, como buscar respuesta a qué pasa cuando un animal deja de poder hacer lo que hizo siempre.

En el caso de los guanacos, la respuesta todavía se está escribiendo. Mientras tanto, cada temporada, algunos grupos vuelven a moverse. Repiten el viaje. Siguen trazando, sobre el mismo paisaje, un mapa que no aparece en ningún papel, pero que sigue vivo.

Daniella Mancilla Provoste
Foto de portada: Joaquín Sportelli

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