El parque eólico de Río Cullen fue presentado como un avance energético para Tierra del Fuego. El debate que empieza a abrirse es qué estándar tendrá el proyecto de Total y cómo compatibilizar energía limpia, producción y biodiversidad.

En un parque eólico de Noruega, una intervención mínima produjo un resultado que llamó la atención de científicos, empresas y ambientalistas. Pintaron de negro una de las palas del rotor en turbinas seleccionadas y, según un estudio publicado en Ecology and Evolution, la tasa anual de fatalidades de aves cayó más de un 70% en las unidades intervenidas.


El dato parece lejano, pero no lo es tanto. En Tierra del Fuego, TotalEnergies acaba de poner en marcha un parque eólico en Río Cullen junto a Wintershall Dea y Pan American Energy. La obra fue presentada como un paso importante para reducir emisiones en las operaciones gasíferas del norte provincial y como una señal concreta de transición energética en una provincia históricamente atravesada por la producción de hidrocarburos.

El proyecto tiene escala y números relevantes. El sistema combina dos aerogeneradores, almacenamiento en baterías y una potencia renovable de 9 MW. Según informó la compañía, permitirá cubrir más del 50% del consumo eléctrico de las plantas de Río Cullen y Cañadón Alfa, reducir en más de un 55% las emisiones asociadas a la generación eléctrica de esas instalaciones y liberar alrededor de 22 millones de metros cúbicos de gas por año para el mercado nacional.

En términos productivos, el mensaje es claro. Tierra del Fuego puede aprovechar su viento para reducir parte del impacto energético de una actividad que sigue siendo central para la economía provincial. Pero el avance también empuja una discusión que hasta ahora casi no aparece en la agenda pública fueguina.

El viento no se mueve sobre un territorio vacío. El cielo también forma parte del ecosistema. Lo atraviesan aves residentes, especies migratorias, rapaces y animales que dependen de grandes áreas de vuelo para alimentarse, desplazarse o reproducirse. En ese espacio, la infraestructura eólica empieza a ocupar un lugar cada vez más importante.

La energía eólica es una herramienta clave para reducir emisiones, pero no está exenta de impactos. Uno de los más estudiados en distintas partes del mundo es la colisión de aves con aerogeneradores. Por eso, la discusión ya no pasa solamente por instalar molinos, producir energía renovable y mostrar una reducción de gases contaminantes. El nuevo estándar empieza a medirse también en la capacidad de anticipar riesgos, monitorear el ambiente y corregir impactos durante la operación.

La experiencia de Noruega abrió una puerta interesante. Al pintar una pala de negro, los investigadores buscaron aumentar la visibilidad del rotor para las aves. La hipótesis es que muchas especies no perciben las palas en movimiento como un obstáculo claro hasta que ya es demasiado tarde. Con más contraste visual, el aerogenerador podría volverse más detectable.

Ahora, nuevas investigaciones buscan ir un paso más allá. Un trabajo publicado en 2026 en Journal of the Royal Society Interface propone estudiar patrones visuales en las palas, diseñados a partir de la forma en que las aves perciben el movimiento. La línea de investigación no plantea una receta única, pero refuerza una idea central para proyectos como el de Río Cullen. La reducción de impactos también puede depender del diseño, el monitoreo y la capacidad de adaptar la infraestructura al ambiente donde se instala.

El resultado de Noruega fue prometedor, pero no definitivo. En Eemshaven, Países Bajos, otro ensayo con palas negras no encontró una reducción significativa de aves muertas bajo las turbinas. Los especialistas advierten que no existe una solución universal. Lo que funciona en un parque eólico puede no funcionar en otro. Depende de las especies presentes, las condiciones de luz, el paisaje, el clima, el tipo de turbina y los patrones de vuelo de cada lugar.

Aun así, el dato deja una enseñanza importante para Tierra del Fuego. El impacto de los parques eólicos sobre las aves no tendría que discutirse recién cuando aparece un problema. Puede medirse antes, durante y después. Puede abrirse a investigadores independientes. Puede generar datos públicos. Puede incorporar medidas de reducción de riesgo si la evidencia local muestra que son necesarias.

Ese es el punto sensible para Total. La compañía informó que, antes de definir la ubicación de los aerogeneradores de Río Cullen, se realizaron monitoreos estacionales durante más de un año a cargo de un equipo de biólogos. También señaló que el Estudio de Impacto Ambiental fue presentado en noviembre de 2023 ante la Secretaría de Ambiente y la Secretaría de Hidrocarburos de la provincia, y que el proceso incluyó talleres con la comunidad, centros de investigación, organizaciones sociales y actores públicos y privados.

Ese recorrido es un punto de partida. No alcanza, sin embargo, para cerrar la discusión. Una transición energética seria no termina con una obra inaugurada ni con un expediente aprobado. Empieza a consolidarse cuando los datos se sostienen en el tiempo, cuando el monitoreo continúa durante la operación y cuando las empresas muestran disposición a ajustar sus prácticas si el ambiente lo exige.

Río Cullen podría quedar como una buena noticia energética para Total y para Tierra del Fuego. También podría convertirse en algo más ambicioso. Un caso piloto para pensar cómo se hace energía eólica en Patagonia, con qué información pública, con qué participación científica y con qué protocolos frente a eventuales impactos sobre aves.

¿Qué seguimiento habrá durante la operación del parque? ¿Qué ocurriría si se detectan colisiones? ¿Participarán instituciones científicas locales? Son preguntas que empiezan a instalar una agenda nueva para Tierra del Fuego. El parque de Total en Río Cullen marca un avance para el aprovechamiento del viento fueguino y, al mismo tiempo, deja planteado qué estándar ambiental acompañará a la energía limpia en una provincia donde producción y biodiversidad conviven sobre el mismo territorio.

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