El investigador del INTA Boris Díaz analizó la situación del agua en la Patagonia. En una región árida y con glaciares en retroceso, advirtió sobre la necesidad de anticiparse a los cambios que vienen.

En Santa Cruz el agua parece un recurso garantizado. Abrimos la canilla y sale. Sin embargo, detrás de esa escena cotidiana existe una realidad mucho más compleja. Así lo explicó el ingeniero forestal Boris Díaz, investigador y extensionista del INTA especializado en agua y clima, durante una entrevista en Radio Provincia.

Durante una entrevista en LU14 Radio Provincia, el ingeniero forestal Boris Díaz, investigador y extensionista del INTA especializado en agua y clima, explicó que la Patagonia es, en gran parte, una región árida o semiárida.

Eso significa que la naturaleza no entrega suficiente agua para sostener todas las actividades humanas sin una gestión cuidadosa. “En Santa Cruz y en Patagonia tenemos más de dos terceras partes del ambiente que es árido y semiárido. En términos simples, quiere decir que naturalmente no tenemos suficiente agua para sostener muchas de las actividades que desarrollamos”, explicó. Boris Díaz, Ing. forestal, Investigador del INTA.

Cuando eso ocurre —agregó— “el agua se convierte en un recurso limitante“. Su disponibilidad condiciona la vida de los ecosistemas, la producción y el desarrollo de las comunidades.

Una región seca en un clima que cambia

A esa condición natural se suma el cambio climático. Otro fenómeno que los investigadores observan desde hace décadas. Según Díaz, los datos disponibles muestran que los procesos de transformación ya están en marcha y uno de los más visibles es el retroceso del hielo.

Santa Cruz concentra la mayor superficie de glaciares del país en el continente, por lo que cualquier modificación en esos sistemas impacta directamente en la dinámica del agua. “Estamos en una región relativamente seca donde el agua es crítica, y además en un proceso donde la nieve y el hielo están retrocediendo. Eso significa que en el futuro vamos a tener que encontrar soluciones para adaptarnos”, señaló.

Aunque estos cambios no siempre resultan evidentes en la vida diaria, sus efectos comienzan a sentirse en distintos sectores. En la Patagonia, por ejemplo, hay áreas donde la desertificación avanza y obliga a replantear la viabilidad de algunas actividades productivas.

Con claridad, el Ingeniero remarcó que las decisiones sobre el agua deben apoyarse sobre pilares sólidos.

El primero es el conocimiento. “Si no hay datos, no hay decisiones razonables”, resumió. Pero ese conocimiento, por sí solo, no alcanza. Para el investigador, la educación y la comunicación cumplen un papel igual de importante, porque permiten que la sociedad comprenda la magnitud del problema y participe en las decisiones.

En ese sentido, destacó el rol de los medios de comunicación y de las instituciones científicas. “El conocimiento tiene que traducirse en comunicación. Si no llega a la sociedad, no forma parte de la educación de quienes después tienen que tomar decisiones”, señaló.

Prepararse para lo que viene

Frente a un panorama en el que los eventos climáticos, son cada vez más extremos, Díaz considera que la adaptación será una palabra cada vez más presente. La región no puede cambiar por sí sola las causas globales del cambio climático, pero sí puede prepararse para convivir con sus efectos.

Eso implica mejorar el monitoreo de los recursos hídricos, desarrollar tecnologías para el sector productivo y fortalecer la cultura del cuidado del agua.

“Nosotros tratamos de producir la mejor información posible sobre el recurso y las tendencias futuras para que los tomadores de decisión sepan cuál es el escenario que viene”, explicó.

Mientras tanto, la conversación recién empieza. Y en una provincia donde el agua define la vida de los ecosistemas y de las comunidades, comprender su valor puede marcar la diferencia entre reaccionar tarde o anticiparse a tiempo.

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