La experiencia de la Estación Espacial Internacional ofrece aprendizajes sobre fugas, reciclaje y eficiencia térmica que pueden aplicarse a la infraestructura urbana. Amanco Wavin plantea que repensar la gestión del agua es clave frente al crecimiento de la demanda y los efectos de la sequía.


En un contexto donde la exploración espacial vuelve a ocupar un lugar central, con misiones como la actual Artemis II y el desarrollo de nuevas tecnologías, el uso eficiente del agua se posiciona como uno de los desafíos más críticos tanto en el espacio como en las ciudades.

A bordo de la Estación Espacial Internacional, el agua es un recurso extremadamente limitado y se gestiona como tal. En la Tierra, las ciudades enfrentan un escenario similar: según la ONU, hacia 2040 podría existir un déficit global de agua del 40%. La rápida urbanización y los efectos del aumento de las sequías debido al cambio climático provocan un desequilibrio global entre el uso del agua y el suministro de agua limpia.

Según Amanco Wavin, las ciudades pueden contribuir con soluciones frente a los desafíos urbanos relacionados con el agua. Para eso, plantea que es necesario repensar cómo se gestiona este recurso, y en esa búsqueda el espacio ofrece pistas concretas.

Uno de los aprendizajes tiene que ver con las fugas. Dentro de una nave espacial, una pérdida de agua podría derivar en consecuencias catastróficas, por lo que los ingenieros se aseguran de que la estación espacial sea 100% hermética. Si se detecta una fuga, encontrarla y repararla pasa a ser la máxima prioridad.

La empresa propone trasladar esa lógica a la infraestructura urbana. El crecimiento de la población en las ciudades va acompañado por una mayor demanda de agua, pero los sistemas actuales no siempre logran distribuirla de manera segura y eficiente. Como resultado, gran parte del recurso puede contaminarse o ni siquiera llegar a las canillas.

Otro punto central es el reciclaje. En la Estación Espacial Internacional, incluso las gotas de sudor se recuperan y vuelven a convertirse en agua potable. La NASA alcanzó a reciclar el 98% del agua, superando su objetivo de recuperación del 90%, gracias al Sistema de Control Ambiental y Soporte Vital de la estación.

Esa experiencia refuerza la idea de pensar el agua como un recurso finito. Bajo esa mirada, acciones cotidianas como dejar la canilla abierta mientras una persona se cepilla los dientes, se lava las manos o se ducha adquieren otra dimensión.

El agua también cumple una función térmica en el espacio. A través de sistemas cerrados, se utiliza para regular la temperatura y mantener condiciones estables dentro de la estación frente a temperaturas extremas.

En la Tierra, esa lógica ya tiene aplicaciones en sistemas de calefacción por suelo radiante, donde el agua recirculada a través de tuberías se usa para calefaccionar edificios. Frente al aumento de las temperaturas en las ciudades, el desafío pasa también por mantener los edificios frescos. Por eso, algunas empresas comenzaron a utilizar esa misma red de tuberías, tanto en el suelo como en el techo, también para refrigeración.

De acuerdo con Amanco Wavin, en comparación con el aire acondicionado, la refrigeración por suelo radiante es mucho más eficiente desde el punto de vista energético y genera un efecto de refrigeración más placentero.

En la Tierra, trasladar esta lógica implica diseñar sistemas que minimicen pérdidas y maximicen la eficiencia en el uso del recurso. En ese sentido, la durabilidad de las soluciones cumple un rol clave, ya que contar con infraestructuras confiables permite reducir fugas y evitar desperdicios a largo plazo.

En línea con ese enfoque, Amanco Wavin señala que sus sistemas están diseñados para garantizar una vida útil de hasta 50 años, con el objetivo de contribuir a una gestión más eficiente y sostenible del agua en entornos urbanos.

La empresa sostiene que, cuando se mira al agua de una manera diferente, aparece un recurso con más posibilidades de las que suele suponerse. En un escenario en el que su disponibilidad es cada vez más crítica, prestar atención a lo que ocurre en el espacio puede ofrecer anticipos sobre cómo deberán adaptarse las ciudades. Avanzar hacia una gestión más eficiente, circular y resiliente del agua aparece así como una condición clave para el desarrollo urbano sostenible.

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