El inicio de la temporada en Camarones trae este año algo más que actividades de verano. Un grupo de jóvenes decidió asumir un rol protagónico en el cuidado del océano y comenzó a expandir el Club del Mar hacia otras localidades del sur provincial, con una apuesta clara: formar líderes locales para proteger el mar desde el conocimiento y la pertenencia.
El proyecto, que nació como un espacio recreativo, hoy funciona como una plataforma de formación ambiental. El equipo ya recorrió Rada Tilly y Comodoro Rivadavia para identificar personas interesadas en replicar la experiencia en sus comunidades y construir una red costera de educación marina.
Shari Bocca, referente del espacio, sostiene que la clave está en la identidad local de quienes enseñan. “Es muy importante que alguien que vive cerca del mar, lo disfruta y lo valora, pueda transmitir ese mensaje a los más chicos”, explica. En contextos donde el conocimiento circula de forma oral, esos jóvenes se convierten en voceros legítimos del entorno natural.


Un semillero que se renueva
Lo que ocurre en Camarones tiene lógica de ciclo: quienes ayer aprendían, hoy enseñan. “Tenemos chicos que hace dos años eran niños y hoy son profes del Club del Mar. Son ellos enseñándoles a otros más chicos que seguramente se convertirán en líderes en el futuro”, cuenta Bocca.
Ese entusiasmo no queda librado al azar. Los instructores se forman de manera constante en seguridad acuática, biología marina, liderazgo y cuidado integral de infancias y adolescencias. La experiencia también deja huella en lo personal. “No podemos transmitir con seguridad un mensaje si nosotros no estamos seguros con nosotros mismos”, reflexiona.

Cuando los chicos educan a los grandes
El impacto del Club del Mar no se queda en la playa. Llega a las casas. Los docentes observan cómo los chicos llevan lo aprendido a su vida cotidiana y empiezan a interpelar hábitos familiares. “Se ve en acciones simples, como levantar un papel o decir ‘no tires la colilla acá’. Muchos padres se acercan a felicitarnos porque no sabían de la existencia de ciertas especies marinas y se enteraron por sus hijos”, relata Bocca.
Ese despertar temprano también abre horizontes: algunos sueñan con ser biólogos o trabajar con ballenas; otros, ya adolescentes, se suman como voluntarios y acompañan a los más chicos en el agua.
La proyección es clara. Expandir la red, multiplicar voces y sostener una idea simple: más educación marina genera más cuidado. “Mientras más educación hay, más ganas de proteger habrá”, resume Bocca. Y hacia ahí navega el Club del Mar, con jóvenes que ya empezaron a marcar el rumbo.
