Por primera vez en Argentina, un equipo científico colocó dispositivos de rastreo satelital en ballenas jorobadas para conocer sus rutas migratorias y áreas de alimentación. El trabajo se realiza en el Parque Provincial Patagonia Azul y marca un paso decisivo para pensar la conservación de los corredores marinos.
La costa de Chubut vuelve a aportar una pieza clave al rompecabezas del mar argentino. Esta temporada, el Parque Provincial Patagonia Azul fue escenario de un hito científico: por primera vez en el país se realizó el seguimiento satelital de ballenas jorobadas, una especie emblemática cuya presencia en estas aguas se viene registrando de manera sostenida desde hace años.
El avance es resultado de un proceso largo y paciente. Durante cinco temporadas consecutivas, investigadores trabajaron con fotoidentificación para reconocer individuos, confirmar regresos anuales y vincular esos registros con avistajes realizados en lugares tan distantes como Brasil o la Antártida. Esa constancia abrió nuevas preguntas: ¿a dónde van cuando no están en Chubut?, ¿qué rutas utilizan?, ¿dónde se alimentan?
“Es la primera vez que se marcan ballenas jorobadas en Argentina”, explica Lucas Beltramino, integrante del Proyecto Patagonia Azul de Rewilding Argentina. Hasta ahora, el seguimiento satelital se había aplicado a ballenas francas en Península Valdés y, más recientemente, a ballena sei en Punta del Marqués. Las jorobadas faltaban en ese mapa.

Marcado de Ballenas – So Pluciennik – Enero 2026-15
Tecnología para seguir gigantes
La campaña se realizó junto a investigadores de la Universidad de California en Santa Cruz, que aportaron experiencia técnica y capacitación. El procedimiento exige precisión absoluta: la embarcación debe aproximarse a unos cinco metros del animal para colocar el dispositivo, mediante un rifle neumático especialmente diseñado, en la capa de grasa que recubre el cuerpo de la ballena.
Ese tejido, que supera los 20 centímetros de espesor, funciona como aislante térmico y permite que el dispositivo quede alojado sin afectar al animal. Cada vez que la ballena emerge para respirar y la antena queda fuera del agua, el equipo envía la ubicación a través de satélites de órbita baja, con un margen de error mínimo.
“El cuerpo encapsula y expulsa el dispositivo después de semanas o meses, pero ese tiempo es oro”, resume Beltramino. Durante ese lapso se obtiene información precisa sobre áreas de uso, permanencia y desplazamientos a lo largo de miles de kilómetros.
Más allá de los límites del área protegida
Hasta el momento se logró instrumentar a tres ejemplares. Dos de ellos mostraron una fuerte permanencia en zonas que se superponen con el Parque Patagonia Azul, aunque también se desplazan por áreas que quedan fuera de sus límites formales. El tercer caso aportó un dato especialmente revelador: el animal se movió hacia la zona de Rocas Coloradas, al norte de Comodoro Rivadavia.
“Ese comportamiento refuerza la necesidad de pensar corredores protegidos entre áreas marinas”, analiza el biólogo. Los datos muestran que las ballenas utilizan sectores relativamente pequeños —alrededor de 300 kilómetros cuadrados— para alimentarse durante largos períodos. El problema aparece cuando salen de esas zonas y quedan expuestas a colisiones con embarcaciones, interacción con la pesca industrial y contaminación acústica.
La información que empieza a surgir es clave para diseñar estrategias de conservación más ajustadas a la realidad del mar. “Conocer las áreas de uso y el tiempo de permanencia nos permite identificar sitios prioritarios a proteger”, señala Beltramino.

Marcado de Ballenas – So Pluciennik – Enero 2026-18
Un engranaje del ecosistema marino
La presencia de ballenas jorobadas no solo impacta por su potencia visual. Estos gigantes cumplen un rol central en el funcionamiento del ecosistema: aportan nutrientes, movilizan cardúmenes hacia la superficie y favorecen la alimentación de aves marinas y otros organismos.
Lo que antes se intuía a partir de fotos aisladas hoy empieza a confirmarse con datos científicos. Las ballenas jorobadas eligen estas aguas para alimentarse intensamente, ahorrar energía y reducir desplazamientos innecesarios antes de regresar a las áreas reproductivas.
“Con más energía mejora el éxito reproductivo de la población, y eso es muy alentador”, concluye Beltramino. Si las condiciones se mantienen, el escenario es claro: con el tiempo, podrían verse cada vez más ballenas jorobadas recorriendo el mar frente a Chubut. Un recordatorio, también, de que proteger el océano implica pensar más allá de los mapas y animarse a seguir sus movimientos reales.