Te quiero, desde el mar hasta el cielo, el corto nacido en Santa Cruz para acercar a las infancias a los ecosistemas marinos de la Patagonia, fue seleccionado para el Science Film Festival 2026 entre 1.517 producciones de 101 países. Ya fue elegido para integrar las programaciones de Chile, Brasil, India, Bangladesh, Pakistán y Singapur. “Que una historia patagónica pueda encontrar eco en chicos y chicas que viven a miles de kilómetros es el verdadero premio para nosotros”, destacaron desde la Fundación Por el Mar.
Cuando Ana y Ginebra filmaron frente al mar de Santa Cruz, difícilmente imaginaron que su historia terminaría siendo contada en idiomas tan distintos y a miles de kilómetros de la Patagonia. Rodeada de bosques de macroalgas, tiburones, lobos marinos y otras especies del Atlántico Sur, aquella historia entre una madre y su hija comenzará ahora una nueva etapa de un recorrido que nació con una idea sencilla: despertar en los más chicos la curiosidad por aquello que existe debajo de la superficie del mar.

“El corto nació en Santa Cruz y ya tomó tanta vida propia que hoy viaja solo por el mundo, algo que nos emociona muchísimo. Para nosotros significa conectarnos con audiencias de otros países y despertar en ellas curiosidad y ganas de proteger el océano”, explicó Romina Celeste Miguez, directora de Comunicación de Fundación Por el Mar (PEM).
El nuevo salto se produce de la mano del Science Film Festival, una iniciativa del Goethe-Institut que desde hace más de dos décadas combina cine, educación y comunicación científica, con especial atención a las audiencias jóvenes. Las producciones seleccionadas circulan por escuelas, centros científicos y espacios culturales de diferentes países y son adaptadas para acercarlas a sus públicos locales.

Para Te quiero, desde el mar hasta el cielo, eso significará atravesar no sólo fronteras geográficas sino también culturales y lingüísticas. Según la información recibida por PEM, el corto tendrá versiones dobladas en distintos idiomas; entre ellas ya fueron anticipadas versiones en hindi y canarés.
“Nuestro objetivo al participar en festivales de este tipo va mucho más allá de los laureles, nos interesa más esta posibilidad de cruzar fronteras y que niños y niñas de otros lugares puedan conocer los bosques de kelp, sorprenderse con los tiburones patagónicos y conmoverse con la historia de Ana y Ginebra”, señaló Miguez.
Una historia que fue ampliando sus fronteras
El recorrido comenzó antes de esta selección internacional. La producción participó primero de la Mostra de Cinema do Atlântico Sul, en Brasil, y luego fue presentada en un festival infantil realizado en Pinewood Studios, en Buckinghamshire, donde obtuvo el premio al mejor cortometraje.
“La devolución que nos hicieron fue tan linda que nos animamos a anotarnos en el Science Film Festival”, recordó Miguez.
Este año, la historia también encontró una nueva forma de llegar al público argentino. La Fundación Por el Mar y el Planetario Galileo Galilei de Buenos Aires realizaron una adaptación fulldome, con una narrativa ligeramente diferente a la del cortometraje original pero construida alrededor del mismo mensaje.

Foto de María Inés Ghiglione
La propuesta se estrenó durante las vacaciones de invierno y permanecerá en cartelera hasta diciembre, mientras el equipo trabaja con la expectativa de que pueda proyectarse también en otros planetarios del país.
De esta manera, un proyecto nacido frente a las costas santacruceñas fue ampliando progresivamente su alcance: primero desde una historia íntima entre una madre y su hija, luego en una de las principales pantallas de divulgación científica del país y ahora frente a chicos y chicas de culturas muy diferentes en Sudamérica y Asia.
El asombro como punto de partida
“Apelar al público infantil es pensar en la conservación del futuro. Como en toda construcción, lo más importante son los cimientos, y si logramos interpelar a los más chicos cuando todavía están aprendiendo sobre su entorno, podemos contribuir a que formen un vínculo más profundo con la naturaleza”, sostuvo Miguez.
La experiencia en el Planetario permitió observar de cerca esa capacidad de asombro. “En el Planetario pudimos ver en vivo las caras de sorpresa de los chicos cuando aparecía un lobo marino mordisqueando la cámara o un tiburón sacudiendo la aleta, y eso nos hizo pensar que más allá de las tendencias, la naturaleza nunca pasa de moda”, recordó. Ahora, esas imágenes del mar patagónico encontrarán nuevas miradas a miles de kilómetros de donde fueron filmadas.