Las ballenas sei son las más abundantes en el Golfo San Jorge, pero durante décadas pasaron desapercibidas. Desde 2019, un equipo liderado por Marina Riera investiga su comportamiento, su genética y sus rutas migratorias. Hoy, gracias al monitoreo satelital y a un trabajo que empezó desde cero, el conocimiento sobre esta especie en peligro empieza a cambiar.
Desde las tierras donde el viento está presente casi todo el año, la bióloga Marina Riera dedica sus días a observar el mar. Desde los acantilados primero, con un monocular, y más tarde desde el aire y el agua, Riera y su equipo comenzaron hace seis años un trabajo pionero: averiguar qué cetáceos habitan el Golfo San Jorge y qué hacen allí. Lo que hallaron sorprendió incluso a los expertos.
“La Ballena sei es la más abundante en la zona, sobre todo entre marzo y mayo”, cuenta Marina en diálogo con LU14 Radio Provincia. La especie, sin embargo, era hasta hace poco prácticamente desconocida en esta región. No existían registros sistemáticos, ni estudios genéticos, ni datos sobre su comportamiento. “Empezamos de cero. No sabíamos ni siquiera qué especies había. Todo lo que hoy sabemos se lo debemos a este proyecto”.

La respiración de las ballenas sei empezó a atraer la mirada de los habitantes de Rada TillyGentileza Jumara Films/National Geographic
Una ballena estilizada, veloz y esquiva
La ballena sei (pronunciada “sei” o “sei-i”, según la tradición) pertenece al grupo de los rorcuales, como la azul. Tiene pliegues ventrales que se expanden al alimentarse y una silueta estilizada, muy distinta de la robustez de la ballena franca austral, ícono del avistaje en Península Valdés. “Se alimenta en la zona costera del Golfo San Jorge, y en mayo llegamos a estimar hasta 2.800 individuos”, detalla la investigadora, quien logró confirmar su identificación a través de muestras de piel y análisis genéticos.
A pesar de su abundancia estacional, la sei sigue siendo una especie en peligro. El equipo colocó rastreadores satelitales para seguir sus movimientos y descubrió que, al finalizar la temporada de alimentación, muchas de estas ballenas migran hacia el norte. Una de ellas, bautizada “Agus”, llegó a ubicarse mar adentro a la altura de Río de Janeiro, lo que sugiere que allí podría estar su zona de reproducción.

Los biólogos Marina Riera y Mariano Coscarella recuperan una muestra recién obtenida del cuerpo de una ballena sei –
FOTO Mariano Coscarella p/La Nación
El avance en el conocimiento de esta especie es valioso. “Por muchos años se creyó que no había cetáceos en esta zona”, explica Riera. Pero “los registros actuales incluyen también delfines nariz de botella, delfines australes, toninas, ballenas jorobadas y hasta esporádicos avistajes de ballenas fin y ballenas azules”.
Proteger a la sei implica también proteger el hábitat que usa para alimentarse. “Hay áreas protegidas pequeñas, como Punta Marqués, que se amplió hace poco. Pero para una especie que puede nadar hasta Brasil, eso es muy poco”, señala Marina. Por eso, el equipo participa en reuniones con autoridades ambientales de Chubut y Santa Cruz, impulsando una estrategia común de conservación y avistaje responsable. “Lo ideal sería proteger a la especie, no solo el lugar”, advierte.

El trabajo también tiene una dimensión histórica. En la década de 1930, en el paraje La Lobería de Santa Cruz, funcionó una planta ballenera que cazaba sei y otras especies. Cerró al poco tiempo, porque ya no quedaban ejemplares. “La buena noticia —dice Marina— es que no perdieron variabilidad genética. Eso significa que todavía hay esperanza para su recuperación”.
Cuando se le pregunta qué significa para ella este proyecto, responde sin dudar. “Es mi vida. Estudié biología marina en Comodoro y nunca quise hacer otra cosa. Poder investigar esta especie en mi ciudad, con este equipo, y obtener resultados tan importantes, es una felicidad enorme”.