En el Cañadón Caracoles, en el noroeste de Santa Cruz, dos pumas se movían entre las matas bajas del Parque Patagonia. José los observaba a la distancia, inmóvil, durante horas. Frente a él estaban Pepito y Maga. Y lo que registró ese día fue la primera cópula filmada en el parque.
“Fue muy gratificante haber podido estar ahí”, cuenta José Bonomi. La escena fue el resultado de años de trabajo silencioso en el campo, de seguimiento paciente y de una construcción lenta de confianza con individuos que, por naturaleza, desconfían.
“El trabajo de monitoreo de pumas en Parque Patagonia es muy completo”, explica. Todo comenzó con cámaras trampa, que permitieron identificar a los primeros individuos que habitaban la zona y planificar las capturas. Después llegaron las trampas de paso, dispositivos que inmovilizan al animal sin dañarlo y envían una señal cuando se activan. Entonces el equipo acude, realiza la anestesia y coloca el radio collar GPS”.


Cómo se monitorea un puma en la estepa patagónica
Los collares GPS registran una ubicación cada tres horas. Durante tres años envían información diaria hasta que se agota la batería y el sistema de “drop off” suelta el collar automáticamente y el puma continúa su vida sin el dispositivo. Con esos puntos registrados día a día, el equipo empieza a construir un mapeo de cómo usan el territorio del parque, dónde descansan y cómo se mueven.
A partir de las concentraciones prolongadas de puntos, llamados “clusters”, investigan qué ocurrió en esos sitios. “Por ahora, mediante el estudio de los clusters, pudimos ver que la dieta de los pumas en Parque Patagonia, un 76 % de lo que comió fue guanaco, y un 10 %, choique”. El dato confirma algo importante en esta zona del noroeste santacruceño, que es la fuerte disponibilidad de presas nativas en la estepa.

La paciencia de ganar confianza
Pero el monitoreo no se queda en la computadora. José se ocupa también del seguimiento en vivo. Sale al campo, escucha la señal de radio que emiten los collares y busca a los individuos hasta encontrarlos. Entonces se queda, observa, y registra.
“Cuando me encuentro cara a cara con un puma en el campo, la verdad que es muy variado cómo reaccionan y cómo reacciono yo”. Con el tiempo empezó a notar un cambio. “Se dan cuenta que no soy una amenaza, y empiezan a actuar más naturalmente”. Esa confianza se construye pasando mucho tiempo con ellos y aprendiendo a leer el lenguaje corporal. “Es muy importante saberlos leer y con el tiempo lo vas aprendiendo”.

También descubrió que cada puma es distinto. “Ellos tienen sus personalidades bien marcadas”. Algunos se retiran al ver presencia humana. Otros toleran y permanecen. Pepito pertenece a este último grupo.
Fue el primer puma capturado y equipado con collar en el proyecto. Siete años después, el equipo logró recapturarlo para cambiarle el dispositivo cuya batería había dejado de funcionar meses atrás. “Haberlo recapturado fue un logro muy importante”. Vive en el Cañadón Caracoles, se encuentra en muy buen estado corporal y es “un individuo súper relajado a la presencia de los humanos, muy impresionante porque es muy grande”.
Esa tranquilidad permitió algo excepcional. Hace unos días, José observó a Pepito junto a Maga, una hembra monitoreada. Vio comportamientos de cortejo. Los siguió cuando se movieron a un sitio más escondido. Se ubicó en una posición lejana pero con buena visión. Y filmó.
El registro que esperaron años
“Fue increíble que ellos me hayan dado la confianza de poder ver y estar en ese momento… La verdad que es increíble, soy muy afortunado”.
Cada nueva observación amplía el conocimiento sobre la especie y aporta información sobre reproducción y comportamiento. “Algo así tan particular es muy valioso para nuestra investigación”.

El monitoreo de fauna en el noroeste de Santa Cruz, es paciencia, presencia y tiempo compartido. Pepito, aquel primer puma que llevó un collar hace siete años, sigue caminando la estepa. Ahora más grande, más tranquilo. Y, de algún modo, más cercano.