Después de remar hasta Cabo de Hornos, Diego Linares prepara una travesía de casi mil kilómetros por la Península Antártica. Junto a Juan Ignacio Tomaselli y Javier Siede buscará unir Base Esperanza con Base San Martín para visibilizar un mensaje de aceptación, diversidad y empatía.
Diego Linares volvió de Cabo de Hornos con una hazaña cumplida y una cuenta pendiente. La expedición había sido un éxito deportivo. Habían remado hasta uno de los puntos más duros de la navegación mundial, habían atravesado días de tensión, un terremoto, una alerta de tsunami y el peso de una travesía que, por sí sola, parecía suficiente para contar una historia. Pero para él había algo que no había terminado de llegar.

En aquella aventura, los tres kayakistas fueguinos habían llevado distintas causas. La lucha contra el cáncer infantil, la donación de médula ósea y la concientización sobre el autismo estuvieron presentes de principio a fin. Sin embargo, la magnitud del desafío y todo lo que ocurrió alrededor terminaron tapando parte del mensaje. “Cabo de Hornos fue un éxito en todo sentido, pero nos quedó una espinita con los mensajes que queríamos transmitir”, cuenta Linares.
Esa espinita empezó a tomar otra forma meses después, cuando Diego viajó a la Antártida para trabajar como guía de kayak. Allí, en medio de un paisaje que no necesita exageraciones para imponerse, entendió que ese territorio podía darle otra escala a la causa. “Cuando estuve en la Antártida sentí que era un lugar tremendamente poderoso. Entendí que ese poder podía ser la catapulta del mensaje”, resume.
Así nació Antártida Infinita, una expedición que buscará cruzar el Círculo Polar Antártico en kayak y unir dos bases argentinas, Esperanza y San Martín. El recorrido previsto será de entre 900 y 1000 kilómetros, con 23 etapas, jornadas de 30 a 50 kilómetros y una duración estimada de 30 a 40 días, siempre bajo la ley mayor de la Antártida, donde el clima, el hielo y el viento tienen la última palabra.


Linares no remará solo. Lo acompañarán Juan Ignacio Tomaselli, guía de montaña, instructor de esquí y guía de kayak con experiencia en expediciones polares, y Javier Siede, instructor y reconocido guía patagónico, que también integró la expedición a Cabo de Hornos. La idea terminó de ordenarse cuando apareció una referencia histórica precisa. En 1962, la Patrulla Invernal del Ejército Argentino, liderada por Gustavo Giró, unió Base Esperanza con Base San Martín por tierra, en una de las grandes epopeyas argentinas en la Antártida. Más de seis décadas después, el equipo quiere recrear ese espíritu desde el agua.
El trayecto tendrá tres momentos bien marcados. La primera etapa, desde Base Esperanza hasta la entrada del estrecho de Gerlache, será la más expuesta, con sectores de mar abierto y pocos lugares seguros para detenerse. La segunda atravesará algunos de los paisajes más imponentes de la Península, entre islas, canales, fauna antártica y una belleza que también puede ser engañosa. La tercera, rumbo a Base San Martín, estará dominada por el hielo, sus movimientos y sus embudos naturales. Habrá días para avanzar y días para esperar. En la Antártida, remar también es aprender a quedarse quieto.

Pero el centro de esta historia no está solo en la distancia ni en la dificultad. Está en Arnau, el hijo de Diego, un niño con autismo. Está en lo que ese vínculo le enseñó sobre las barreras visibles e invisibles que todavía atraviesan muchas familias. Y está en una idea que el propio Linares intenta decir de la manera más simple posible, porque tal vez ahí esté su fuerza. “El mensaje que queremos transmitir es la aceptación y la comprensión de la diversidad de las personas con discapacidad, mediante el respeto y la empatía”, explica.
No se trata de usar la Antártida como postal ni el deporte como una medalla más. Diego insiste en que la expedición tiene que servir para abrir una conversación más amplia. “Me gustaría que quien vea esta expedición entienda que todos somos personas, que cada uno tiene su condición. La diversidad nos abraza a todos, no solamente a las personas con discapacidad”, dice.
En tiempos donde las diferencias suelen usarse para separar, Antártida Infinita propone otra imagen. Tres kayakistas avanzando juntos en un territorio extremo, obligados a escucharse, a cuidarse y a leer el entorno con humildad. Una travesía que habla de esfuerzo, sí, pero también de convivencia. De la necesidad de hacer lugar. De entender que aceptar no es tolerar desde lejos, sino construir una vida cotidiana más amable para todos.
La expedición también tendrá un costado solidario concreto. Los fondos serán canalizados a través del Centro de Actividades Alternativas para Personas con Discapacidad de Ushuaia, el CAAD, y el excedente será destinado al proyecto de construcción de su edificio propio, una necesidad clave para ampliar espacios educativos y terapéuticos en la ciudad.
“Todos tendríamos que poder transitar la vida de una manera más sencilla, con la misma calidad de vida”, dice Diego. Quizás por eso esta vez el desafío no termina en llegar a una base, cruzar una coordenada o completar una marca. La meta más difícil es otra. Que cada palada sirva para que un mensaje no vuelva a quedar tapado por la hazaña.