Un trabajo impulsado por el INTA junto a productores de Río Turbio y 28 de Noviembre permitió sostener e incrementar la producción de huevos durante los meses más fríos. Con suplementación lumínica y ajustes sencillos de manejo, la postura pasó de valores cercanos al 30 por ciento a registros que alcanzaron hasta el 95 por ciento.
En la Cuenca Carbonífera, donde los inviernos se sienten en las horas cortas y las heladas largas, producir huevos durante otoño e invierno siempre representó un desafío. Menos luz natural significa menos postura y, durante años, muchos gallineros atravesaron esa estación con una producción muy baja.
Pero esa realidad empezó a cambiar, cuando desde la Agencia de Extensión Rural del INTA en Río Turbio, un equipo técnico junto a productores locales desarrolló un trabajo que permitió sostener e incluso multiplicar la producción invernal mediante una herramienta simple que les garantiza más horas de luz y mejores condiciones de manejo.


“En esta zona no teníamos producción de huevos en otoño-invierno”, cuenta Pablo De Brea, extensionista del INTA en Río Turbio. El punto de partida fueron mediciones realizadas en distintos establecimientos, donde observaron niveles de postura que apenas llegaban entre un 30 y un 40 por ciento.
“El ensayo en sí duró tres años”, explica De Brea. Primero evaluaron tres establecimientos sin suplementación lumínica, luego uno incorporó el sistema y finalmente los otros productores también lo adoptaron, mientras el equipo registraba los cambios y ajustaba el manejo.
Más luz y seguimiento permanente
El método combina temporizadores, regulación lumínica según el fotoperiodo local, manejo sanitario y alimentación ajustada a las necesidades de las aves. La estación agrometeorológica utilizada en convenio con la UNPA aportó información para definir con precisión cuántas horas de luz requería cada etapa.
“Logramos incrementar esa producción desde un 30 a un 80%, con picos del 95%”, señala el extensionista. En términos concretos, eso significó pasar de unos 30 o 35 huevos diarios cada cien gallinas, a entre 80 y 90 huevos por día.
Lejos de tratarse de una tecnología costosa, De Brea aclara que el gasto “prácticamente es cero”. El sistema requiere temporizadores que se regulan cada quince días de acuerdo al fotoperiodo local, mientras el resto de los costos productivos permanece prácticamente igual.
La verdadera transformación, dice, fue cultural. “Cuesta que adopten tecnologías simples, pero es todo un proceso”.
Ciencia hecha junto a los productores
El proyecto no funciona desde la distancia. Técnicos y productores sostienen un vínculo cotidiano, con visitas periódicas y comunicación permanente.
“La relación es día a día”, resume De Brea. Grupos de WhatsApp, seguimiento en los establecimientos y registros diarios forman parte del trabajo compartido. Los productores pesan las gallinas junto a los técnicos, regulan temporizadores y anotan la postura diaria, información que luego permite medir resultados y ajustar estrategias.
En La Cuenca, estima, existen entre 120 y 150 productores vinculados a esta actividad, mientras unas 50 personas mantienen contacto frecuente con la agencia.
El trabajo también incluyó ensayos con alimentos elaborados a partir de insumos locales, como arveja y cebada, buscando reducir costos y fortalecer la producción regional. Aunque el huevo fresco suele tener un valor mayor que el industrializado, Debrea remarca que “la calidad es mucho mayor”.
La experiencia despertó interés mucho más allá de Santa Cruz. Tras la publicación del informe técnico y su difusión en INTA Informa, comenzaron a llegar consultas desde otras provincias, radios y productores interesados en replicar el modelo.
Para Debrea, sin embargo, hay algo que pesa más que la repercusión.

“Yo soy de acá. Cuando era chico jugaba dentro de los gallineros”, cuenta. Y reconoce que poder acompañar a los productores de su propia comunidad le genera una satisfacción difícil de explicar. El trabajo, destaca, fue posible gracias a un esfuerzo conjunto junto a Rodolfo Cristian, jefe de la agencia, Débora Peralti y los propios productores.
En tiempos donde muchas veces la ciencia parece lejana, esta experiencia nació entre gallineros, registros diarios y conversaciones compartidas. Y dejó una certeza sencilla pero poderosa: incluso en los inviernos más duros de la Patagonia, a veces alcanza con encender una luz para que algo vuelva a crecer.