En la estepa santacruceña, pequeñas vertientes vuelven a latir y empiezan a cambiar el paisaje. Un trabajo que recupera cursos de agua y humedales y potencia la vida en el Parque Patagonia.

Donde el viento no da tregua y el horizonte parece siempre el mismo, hay lugares donde el agua hace la diferencia. Son puntos en algunos casos casi imperceptibles, pero capaces de sostener vida y regenerar suelos. Las vertientes son nacimientos de agua que provienen de las mesetas, en este caso Buenos Aires y Summich.

La meseta actúa como si fuese una esponja, absorbiendo el agua de las precipitaciones y de la nieve. Esa agua baja por las capas del suelo por vía subterranea y, cuando encuentra una salida, brota a la superficie y nace una vertiente. Son esas vertientes que van bajando de las mesetas y alimentan los humedales que empiezan a recuperar su dinámica natural en el Parque Patagonia.

Vertiente – Horacio Barbieri

El trabajo por recuperarlas, tiene una historia reciente que explica por qué hoy estos ambientes vuelven a expandirse.

“Los campos que hoy forman parte del Parque Patagonia eran usados para la producción de  ganado”, cuenta Román Mosqueira, parte del equipo de la Estación Biológica El Unco. En 2018, cuando comenzaron las primeras tareas en el área, el enfoque fue retirar el ganado y los alambrados y empezar a intervenir sobre las vertientes.

Ese primer paso fue también un llamado de atención. “Al hacer todos estos trabajos, observamos que el humedal empezó a regenerarse y, a lo largo de cuatro años, de tener 8 hectáreas, se transformaron en 30 hectáreas. Y esto, a lo largo de los años, sigue creciendo”, explica.

A partir de ese proceso, el equipo consolidó una línea de trabajo centrada en restaurar estos sistemas. La búsqueda, dice, es recuperar “la dinámica natural de estos ambientes”, fundamentales en la estepa.

Vertiente – Horacio Barbieri


Intervenir sin romper lo natural

La restauración no implica construir algo nuevo, sino ayudar a que el sistema vuelva a funcionar. En la última campaña que el equipo llevó adelante esta temporada, el trabajo fue preciso y sostenido.

“Realizamos distintas acciones para mejorar el funcionamiento de las vertientes y los humedales”, describe. Entre las principales tareas aparece la limpieza y mantenimiento de los cauces naturales. Esta intervención clave para que el agua circule se centra especialmente sobre especies invasoras. “Trabajamos mucho con vegetación exótica como la menta y el berro, retirándolas para que el flujo del agua continúe y no se detenga en sectores donde no queremos”, detalla.

A eso se suman intervenciones más visibles. Román cuenta que se realizaron distintas retenciones. “Algunas grandes y otra más pequeñas, en distintos puntos donde ayudamos a frenar el agua para poder aumentar el caudal del humedal”. También llevan adelante trabajos de recanalización y, en esta temporada, sumaron plantaciones de especies nativas como “juncos y ciperáceas en sectores donde queremos agrandar el humedal”.

Cuando el paisaje empieza a cambiar

Los resultados no tardan en aparecer, aunque requieren tiempo y seguimiento. Las primeras señales son sutiles, pero constantes.

“Las primeras señales suelen verse en el agua y en la vegetación. El agua se distribuye de una manera más directa y se mantienen zonas más húmedas durante más tiempo”, explica. A partir de ahí, comienza la recuperación.

Becacina comun: Franco Bucci – Gallareta en El Unco – Horacio Barbieri


“Empieza a regenerarse la vegetación hidrófila (que son aquellas plantas que necesitan vivir en lugares húmedos), como los juncos y las ciperáceas. Y con el tiempo empezamos a observar mayor presencia de fauna, especialmente aves asociadas a estos humedales: la gallineta austral, varios patos como el pato overo, el pato barcino, el pato de anteojos, el pato maicero y el pato capuchino; macá plateado, cauquen común, flamencos, bandurrias, garzas, gallaretas, becacinas comunes, choiques. Algunos mamíferos también hacen uso de los humedales, en particular los guanacos, los coipos, los zorros y en invierno solemos ver pumas”.


Ese cambio también se vuelve visible para quienes recorren la estepa. Porque “se puede observar mayor presencia de vegetación verde y húmeda, la recuperación de los juncales y más actividad de aves y otros animales”, describe.

En un paisaje dominado por tonos secos, esos pequeños humedales recuperados destacan rápido. No solo por el verde que aparece, sino porque marcan que el agua volvió a circular y el sistema empieza a funcionar otra vez.

Coipo Cañadón Caracoles Horacio Barbieri – Gallineta Chica: Franco Bucci


Un trabajo que también es comunitario

El trabajo de restauración, sucede al tiempo que se genera un vínculo directo con quienes habitan y conocen el lugar. “La participación de la comunidad local es muy importante, porque son parte de estos territorios”, señala Roman.

“El vínculo con la comunidad hace que estos proyectos sean procesos de conservación compartidos. Muchas veces las personas del lugar nos aportan conocimiento del terreno: saben dónde están las vertientes, qué cambios hubo o qué uso se les dio”.

Vertiente – Horacio Barbieri


Ese saber, construido en la experiencia y en el vínculo cotidiano con el lugar, no solo acompaña el trabajo, sino que le da sentido. Permite entender cómo se mueve el agua, cómo cambió el paisaje con el tiempo y dónde intervenir para que la recuperación sea posible. En esa combinación entre conocimiento técnico y memoria del terreno, la restauración deja de ser solo una tarea puntual y se vuelve un proceso compartido, sostenido y con raíces en la estepa.

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