La ruta más emblemática del país nace hoy en Cabo Vírgenes, Santa Cruz. Pero un proyecto presentado en el Congreso propuso extenderla por la Isla Grande. Recuperar aquella idea permitiría discutir algo más profundo que el lugar de un cartel: cómo representar, conectar y recorrer la Argentina de norte a sur.
Hay caminos que sirven para llegar y otros que, con el tiempo, terminan contando un país. La Ruta Nacional 40 pertenece a esa segunda categoría. Atraviesa la Argentina junto a la cordillera de los Andes, enlaza paisajes, pueblos y culturas y se convirtió en uno de los grandes símbolos turísticos del territorio nacional. Sin embargo, su kilómetro cero se encuentra en Cabo Vírgenes, Santa Cruz, y deja fuera de su recorrido a Tierra del Fuego.

La pregunta puede parecer una provocación, pero tiene antecedentes concretos: ¿debería la Ruta 40 comenzar en la Isla Grande y extender así su dimensión simbólica hasta el extremo austral de la Argentina sudamericana?
La traza vigente comienza en Cabo Vírgenes, a unos 130 kilómetros de Río Gallegos, y continúa hacia el norte hasta llegar a La Quiaca, en Jujuy. En ese recorrido atraviesa once provincias, corre en gran parte paralela a los Andes y supera los 5.000 kilómetros. Es una carretera, pero también una marca argentina reconocida en el mundo, comparable por su peso cultural y turístico con otras rutas legendarias, como la Ruta 66 de Estados Unidos.
Su punto de partida, además, no fue siempre el mismo. Durante buena parte de su historia, la Ruta 40 estuvo dividida en dos: Ruta 40 Norte y Ruta 40 Sur, ambas con kilómetro cero en Mendoza. El 24 de noviembre de 2004, la Dirección Nacional de Vialidad decidió unificarlas y reorganizar su kilometraje desde el extremo austral. La medida fue comunicada oficialmente mediante la Resolución 275/2005, que estableció que ambas trazas pasarían a conformar una sola Ruta Nacional 40.

Foto de Horacio Barbieri
Ese antecedente muestra que el kilómetro cero no es una pieza inamovible de la geografía. Es una decisión administrativa y política, vinculada con la definición de la traza y con la forma en que el país decide representarse. Si pudo trasladarse desde Mendoza hacia Cabo Vírgenes, al menos resulta legítimo preguntarse si algún día podría avanzar un poco más hacia el sur.
La discusión tampoco parte de una hoja en blanco. En septiembre de 2018 ingresó en la Cámara de Diputados de la Nación el expediente 5800-D-2018, un proyecto de ley que proponía extender la Ruta Nacional 40 dentro de Tierra del Fuego. La iniciativa planteaba que la nueva traza comenzara en Cabo Espíritu Santo y avanzara por el norte y el centro de la provincia hasta llegar a Tolhuin.
El recorrido previsto incluía sectores próximos a Estancia San José, Paso Radman, Estancia San Justo, Estancia Marina, Estancia Carmen y otros establecimientos y caminos rurales del interior fueguino. No era, por lo tanto, una propuesta limitada a trasladar un mojón: buscaba incorporar una nueva franja territorial a la red nacional y promover infraestructura en una zona con baja conectividad.
Aunque aquel proyecto no se convirtió en ley, conserva valor como antecedente. Demuestra que la incorporación de Tierra del Fuego a la Ruta 40 ya fue imaginada institucionalmente y que existe una base sobre la cual discutir una propuesta actualizada, con estudios técnicos, ambientales, económicos y viales.
El primer debate sería dónde ubicar el nuevo comienzo. Cabo Espíritu Santo aparece como la alternativa geográficamente más coherente: está en el extremo norte de la parte argentina de la Isla Grande y permitiría proyectar un corredor hacia Paso Radman, el interior provincial y Tolhuin. Ushuaia, en cambio, tendría una potencia turística difícil de igualar. La fórmula “de Ushuaia a La Quiaca” posee una claridad inmediata, aunque exigiría explicar y desarrollar una conexión vial mucho más compleja.
Cualquiera de las dos alternativas enfrentaría un límite evidente: Tierra del Fuego está separada del resto del país por el estrecho de Magallanes y el tránsito terrestre hacia Santa Cruz debe atravesar territorio chileno y utilizar un servicio de barcaza. Por eso, una eventual extensión de la Ruta 40 no conformaría un corredor continuo exclusivamente sobre territorio argentino. Tampoco alcanzaría con instalar un cartel nuevo: habría que definir la traza, su jurisdicción, las obras necesarias y la articulación con los pasos internacionales.
También habría una discusión con Santa Cruz. Cabo Vírgenes construyó durante más de dos décadas una identidad turística alrededor del kilómetro cero, asociada al faro, el estrecho de Magallanes y la reserva de pingüinos. La Municipalidad de Río Gallegos incluso impulsó en 2022 una iniciativa para que la ciudad fuera reconocida como “Capital Nacional del Kilómetro 0 de la Ruta 40”, precisamente por su vinculación con ese circuito austral.
Por eso, presentar la idea como una disputa para “quitarle” el kilómetro cero a Santa Cruz sería tan reduccionista como contraproducente. Podría pensarse, en cambio, como una extensión austral que incorpore a Tierra del Fuego sin borrar la historia construida en Cabo Vírgenes. El punto santacruceño podría conservarse como hito continental de la ruta, mientras la Isla Grande pasaría a formar parte de un corredor más amplio.
La Ruta 40 ya funciona como una espina dorsal de la identidad patagónica: une regiones muy diferentes mediante una misma experiencia de viaje, como contó anteriormente El Rompehielos. Llevarla a Tierra del Fuego permitiría completar esa narración territorial y abrir nuevas oportunidades turísticas y de infraestructura. Pero, sobre todo, obligaría a pensar qué significa conectar un país cuya geografía no termina en Cabo Vírgenes.
Tal vez la discusión no sea únicamente dónde debe colocarse el kilómetro cero. La pregunta de fondo es si la ruta que pretende representar a la Argentina de sur a norte puede seguir comenzando antes de llegar a su provincia más austral.