Desde Cabo Nombre hasta la desembocadura del río Ewan, la Reserva Costa Atlántica protege una amplia biodiversidad.
Hay personas que caminan, pescan o recorren distintos sectores del litoral atlántico fueguino sin saber que se encuentran dentro de una de las áreas naturales protegidas más extensas de la provincia. A diferencia de otras reservas, sus límites se mueven visualmente todos los días y comprende una diversidad única de aves y bosques de cachiyuyo donde cientos de especies encuentran alimento, refugio y condiciones para reproducirse y desarrollarse.

“Es toda la costa intermareal fueguina”, explica el guardaparque provincial Juan Mayorga al describir la Reserva Costa Atlántica de Tierra del Fuego. En términos prácticos, comprende la franja que se forma entre la marea más alta y la más baja, incluidas las mareas extraordinarias. El área se extiende desde Cabo Nombre, al norte de la Bahía San Sebastián, hasta la desembocadura del río Ewan. Son aproximadamente 220 kilómetros de costa y unas 28.600 hectáreas en las que conviven planicies de marea, desembocaduras, acantilados, dunas, restingas, playas de arena y grava y otros ambientes costeros.
Una reserva creada para las aves que protege mucho más
La reserva tuvo su primer antecedente formal en 1992, pero en 1998 la Ley Provincial 415 reafirmó su condición de área protegida y le asignó la categoría de Reserva Costera Natural. “Es una protección paraguas, ya que al proteger a las aves que vienen todos los años en busca de alimento y descanso en nuestras costas, también protegemos toda la biodiversidad que hay en ella”, señala Mayorga. Entre sus sectores más representativos, Mayorga menciona Cabo Nombre, la Península El Páramo, Bahía San Sebastián, Punta Basílica, El Murtillar, Cabo Domingo, Punta Popper, Cabo Peña, Punta María, Cabo Auricosta y Cabo Ewan.

La reserva recibe la visitas como la becasa de mar, el playero rojizo y el playerito rabadilla blanca, pero también permite conservar los procesos naturales que forman y transforman el paisaje litoral: las desembocaduras de los ríos, los acantilados, los depósitos de áridos y las dunas.
Un trabajo que cambia con las mareas y las urgencias
Cuidar un área de 220 kilómetros exige una planificación permanente, pero también capacidad para responder ante situaciones imprevistas. El trabajo combina tareas programadas, como censos y relevamientos, con la atención de situaciones imprevistas que pueden modificar recorridos y prioridades. También incluye la instalación de cartelería con información sobre el área protegida, sus especies, su normativa y las pautas de visita.
Los guardaparques realizan charlas educativas, visitas guiadas, actividades comunitarias, controles, vigilancia y mantenimiento de infraestructura. Además, pueden ser convocados para colaborar en otras áreas protegidas de Tolhuin, Ushuaia y distintos puntos de la provincia.
Los perros sueltos, una perturbación cotidiana
Uno de los principales desafíos es generar mayor conciencia sobre la forma en que las acciones cotidianas afectan a la fauna. Para Mayorga, una de las situaciones más frecuentes y, al mismo tiempo, más perjudiciales es la presencia de perros sueltos. “Esto genera una perturbación muy grande para las aves y también para el visitante que solamente ha salido a caminar. Hay que entender que la costa es un espacio público y hay que respetar al otro”, señala.

“La mayoría de las veces nos dicen que su perro no hace nada, pero la realidad es que, cuando está suelto, por instinto va corriendo hacia las aves y los visitantes”, explica el guardaparque.
Los bosques fantasma
La reserva Costa Atlántica tiene uno de los ecosistemas más singulares a nivel regional. En toda la costa austral desde Santa Cruz, se pueden ver bosques extensos de algas de Macrocystis pyrifera. Sin embargo, en esta reserva en particular, sucede un fenómeno que no sucede en otros lugares: existen bosques que aparecen y desaparecen en el intermareal. Por lo general, la Macrocystis pyrifera se suele aferrar al suelo marino y buscan el sol creciendo hasta 60 metros. Sin embargo, en Reserva Costa Atlántica lo hacen en forma horizontal. El espeso bosque, por lo tanto, se extiende kilómetros al ras cuando la marea baja. Entre sus algas y rocas viven estrellas de mar, quitones, caracoles, pulpos, pequeños crustáceos, peces, tiburones y rayas. Es decir, brindan hábitat, alimento y protección a numerosas especies, sostienen una gran biodiversidad y podrían funcionar como refugios e indicadores tempranos frente a los cambios ambientales que afectan al océano.
El desafío de fondo, afirma, es lograr que cada vez más personas puedan reconocer el valor de una costa que muchas veces parece vacía, pero que sostiene una compleja red de vida. “Cuando lo entendamos, vamos a poder disfrutar y apreciar más la costa, ver las riquezas que se esconden en ella y proteger lo nuestro”, concluye.