Durante décadas, encontrar un huemul fue buscar huellas, pelos, astas o rastros entre el bosque y la montaña. Ahora, investigadores prueban drones con cámaras térmicas capaces de reconocer una característica inesperada del animal. Y es que, mientras su cuerpo prácticamente se confunde térmicamente con el entorno, su cabeza irradia el calor necesario como para identificarlo en el ambiente. La herramienta podría ayudar a responder una pregunta fundamental para su conservación: ¿hay huemules viviendo en sitios en donde todavía no sabemos que están?
Hay animales que conocemos porque los vemos. Y hay otros para los que aprendimos a determinar su presencia a partir de apenas rastros y algunas fotos. O, un poco más específicos, con las señales que les van dejando a los expertos. Hablamos de huellas, pelos, un bosteo.
Durante décadas, buscar huemules en buena parte de la Patagonia significó también aprender a buscar rastros. No casualmente, alguna vez la especie recibió un nombre que todavía la acompaña: “el fantasma de la Patagonia”.
“Se trata de una especie amenazada de extinción. Ha sufrido históricamente una retracción muy fuerte, tanto en su distribución geográfica como en número de individuos y poblaciones”, explica Alejandro Vila, Biólogo y doctor en Ciencias Biológicas de la Universidad de Buenos Aires, y gerente regional del programa Cono Sur y Patagonia de Wildlife Conservation Society (WCS).
El huemul vive únicamente en la región andino-patagónica de Argentina y Chile. No existe en estado silvestre en ningún otro lugar del planeta. Actualmente se estima que quedan entre 1.500 y 2.000 ejemplares, distribuidos en alrededor de un centenar de poblaciones.
Pero incluso esa cifra contiene interrogantes, porque existe la posibilidad de que haya lugares donde el huemul esté y todavía no lo sepamos.
Encontrar lo que el bosque esconde
En los sitios donde disminuyeron las presiones sobre la especie, como la pérdida de hábitat, la caza, la tenencia poco responsable de perros y la introducción de especies exóticas, entre otras, la historia es un poco diferente. Vila cuenta que en sectores como el norte del Parque Nacional Los Glaciares, la Reserva Provincial Lago del Desierto o el valle del río de las Vueltas, encontrarse con un huemul puede dejar de ser algo excepcional.
“En una senda de trekking un visitante se puede cruzar con esta especie amenazada incluso a pocos metros de distancia”, señaló. En otros territorios, en cambio, sigue siendo ese fantasma debido a las amenazas que enfrenta.
Por eso, además de las cámaras trampa utilizadas desde hace años, los investigadores comenzaron a probar una herramienta nueva para la detección de la especie. Se trata de drones equipados con cámaras térmicas.

Imagen de un huemul con cámara térmica, en la que se distinguen las distintas temperaturas del cuerpo según la escala de colores. La aplicación fue desarrollada por Martín Garret de WCS Argentina.
La tecnología registra el calor irradiado por los cuerpos y permite buscar una suerte de firma propia de cada animal. Como si habláramos de la “huella digital del bicho”. Cuando comenzaron las pruebas apareció algo que sorprendió al equipo de trabajo conformado por profesionales de la Administración de Parques Nacionales, CONICET y WCS.
El huemul era prácticamente imposible de detectar térmicamente en el paisaje.
“Temprano en la mañana, el cuerpo del huemul tiene casi la misma temperatura que la vegetación que lo rodea, como si fuera mimético de alguna manera en términos térmicos. Pero la cabeza se ve mucho más caliente”, explicó Vila.
Ahí estaba la pista.
Su pelaje ayuda a entenderlo. Los pelos del cuerpo son huecos y contienen aire, una adaptación extraordinaria para soportar el frío de la montaña y la nieve. Vila lo grafica con mucha claridad, cuando dice que “es como un termo”. Porque ese aislamiento hace que, frente a una cámara térmica, gran parte del cuerpo se confunda con la temperatura del ambiente.
La cabeza, en cambio, aparece. Y puede convertirse en la señal que permita encontrarlo.
Nehuenche y una historia sin fronteras
Para aprender a reconocer esa firma térmica, los investigadores necesitaban primero trabajar con un animal del que conocieran su ubicación. Así aparece la historia de Nehuenche.
Se trata de un macho joven de huemul nacido a partir de un proyecto de recuperación desarrollado en Huilo Huilo, Chile. Después de la liberación de ejemplares y el nacimiento de animales en estado silvestre, Nehuenche “caminó aproximadamente 100 kilómetros y terminó adentro de San Martín de los Andes, en el pueblo”, contó Vila. Acá, aunque parezca innecesario aclararlo, vale decir que Nehuenche no necesitó pasaporte para cruzar de Chile a Argentina. Y es que las fronteras, después de todo, son solo nuestras.
El animal fue capturado por organismos de conservación y quedó en un recinto destinado a generar un núcleo para recuperar la especie en el Parque Nacional Lanín. Su presencia permitió realizar las primeras pruebas controladas con los drones y comparar su imagen térmica con la de ciervos colorados, ciervos dama, vacas, caballos e incluso liebres.
También permitió observar algo indispensable para la conservación de la especie: cómo responde un huemul ante un dron.
El biólogo detalla que las aproximaciones comenzaron a unos 200 metros de altura y luego descendieron progresivamente. “Hasta los 100 metros no se observaron cambios en su comportamiento”. Tampoco a 50 metros, salvo una ocasión en la que un movimiento brusco del aparato produjo un sonido diferente.
Nehuenche se puso alerta durante unos segundos. Después siguió comiendo.
“Lo que estamos viendo es que para el huemul el peligro en general no viene de arriba”, explicó. Sus grandes orejas “son como pantalla de radar” y están preparadas para detectar amenazas como pumas, zorros, perros o personas a su mismo nivel o desde abajo.
La observación es apenas un primer paso. Vila insiste en que se trata de una especie amenazada y que cualquier nueva herramienta debe probarse con especial cuidado antes de utilizarla de manera extendida.
¿Y si hay más? Quizás la pregunta más fascinante que abre esta tecnología sea también la más sencilla
¿Y si existen huemules que todavía no encontramos? “Es totalmente probable”, respondió Vila.
El mapa actual de distribución fue construido durante años con relevamientos de campo, registros de especialistas y testimonios de personas que viven en el territorio. Pero sigue teniendo vacíos.
“Hay lugares indudablemente donde nadie ha ido a ver y es posible que haya”, explicó. Incluso donde existe un registro, muchas veces solo sabemos que alguna vez apareció un ejemplar. “Por ahí de mínimo hay uno, porque se vio una vez, pero si hay cinco o diez no lo sabemos”.
Las próximas pruebas continuarán en Río Negro y la intención es extenderlas luego a Santa Cruz, particularmente al valle del río de las Vueltas, donde existen años de seguimiento y trabajo conjunto entre distintas organizaciones y organismos públicos.
Si la metodología funciona, no solamente podría permitir descubrir nuevas presencias. También ayudaría a saber cuántos animales existen y mejorar las decisiones para protegerlos.
Pero ninguna cámara, ningún dron y ninguna tecnología pueden, por sí solos, recuperar una especie.
Cuando Vila imagina qué tendría que suceder para que dentro de diez años podamos decir que la historia del huemul empezó a cambiar, vuelve sobre algo mucho menos sofisticado: trabajar juntos.

Crédito fotos: Alejandro Vila – WCS
“Los desafíos de conservación son muy complejos. No los puede resolver ni una sola persona ni una sola organización. Requiere trabajo conjunto y colaborativo”.
En este caso, además, ese trabajo necesariamente atraviesa la Cordillera.
Y hay una razón para conservar la esperanza.
Donde las amenazas disminuyeron y hubo un esfuerzo sostenido de conservación, algunas poblaciones comenzaron a recuperarse. El biólogo menciona especialmente lo ocurrido en el valle del río de las Vueltas.
“Cuando se quitan los factores de presión y hay ese acompañamiento, la especie tiene posibilidad de recuperarse”.
Quizás entonces el desafío no sea solamente desarrollar mejores herramientas para encontrar al huemul. También sea conseguir “que, algún día, ya no tengamos que llamarlo el fantasma de la Patagonia”.
Daniella Mancilla Provoste
Crédito fotos: Alejandro Vila – WCS