Cindy Masud llegó a la Estación Biológica El Unco como voluntaria para conocer de cerca el trabajo de conservación. Fueron tres meses de monitoreo de fauna, revisión de cámaras trampa, y búsqueda de pumas en la nieve. Fotógrafa además de bióloga, volvió con muchas imágenes, aunque asegura que algunas de las mejores nunca las sacó.
En el noroeste de santa cruz había nevado muchísimo y la niebla estaba tan baja que el paisaje había desaparecido detrás. Cindy Masud salió de la estación para cambiar la tarjeta de una cámara trampa. Cuando llegó, la niebla se abrió. La estepa apareció completamente blanca, no soplaba viento, había guanacos caminando y corriendo alrededor mientras los cóndores pasaban sobre su cabeza. “Había un silencio absoluto. Me acuerdo, sin exagerar, de poder escuchar hasta los latidos de mi corazón y de pensar que era tanta la belleza que casi no me entraba en los ojos”, recuerda.

Ese rincón de la Patagonia era uno de sus pendientes, hasta que ese verano cuando llegó con su grupo de escalada al Cañadón Caracoles y conoció al equipo de Rewilding Argentina y el trabajo que hacían. Su pensamiento fue: ‘Tengo que volver, quiero estar acá’”.
Cindy se había recibido de bióloga el año anterior y buscaba un cambio laboral, quería saber si la conservación en el territorio podía ser un camino para ella. Por eso, se postuló a un voluntariado y volvió. “Iban a ser dos meses y terminaron siendo tres”.



Aprender a leer la Patagonia
Cindy trabajó junto a Emanuel Jacquier, técnico de campo del proyecto, en el seguimiento de fauna silvestre: chinchillones, coipos y gallinetas, colocando cámaras trampa y en los días libres se sumó a los monitoreos de felinos.
“Esas salidas eran un mundo aparte: salir a buscar pumas, sentarnos a observarlos a la distancia, unos mates y sacando fotos.”
Estar tanto tiempo en la estepa cambio su mirada. “Al principio podía mirar esa inmensidad y sentir que no estaba pasando demasiado. Con el tiempo entendí que había una historia enorme frente a mí que simplemente tenía que aprender a leerla”.




Una huella, el pasto pisado, un rastro entre las piedras empezaron a contarle quién había pasado por un lugar aun cuando no hubiera ningún animal a la vista. “Trabajando con Emanuel aprendí a interpretar las señales, anticipar por dónde puede moverse un animal y a entender un poquito mejor lo que estaba mirando y sus tiempos. Muchas veces lo que se hace en un día es apenas una pequeña parte de un proceso que puede tardar años en mostrar resultados”.
Y con la fauna sucede algo parecido: “Hay una distancia que hay que respetar y muchas veces lo único que se puede hacer es esperar. Esperar que el animal siga con su comportamiento, y con suerte, que te permita compartir un rato de su vida sin modificarla”.
El último mes llegaron las nevadas fuertes y temperaturas de hasta 15 grados bajo cero: “No era menos mágico porque fuera incómodo o agotador, sino que ambas sensaciones convivían todo el tiempo”.

Las fotos que no sacó
Con el paso del tiempo, empezó a cambiar su manera de fotografiar. Comenzó a conocer los ritmos del paisaje, la luz, los lugares donde solían aparecer los animales y algunos de sus comportamientos.
Una vez tuvo una pareja de cóndores a unos diez metros, tres chinchillones alrededor y una luz increíble, pero no tenía la cámara. Otra vez se encontró con un puma caminando por el mismo sendero, apenas unos metros adelante. “Creo que terminé llevándome más momentos que fotografías”.


Una tarde salió a cambiar las tarjetas de las cámaras trampa de los coipos en el juncal, a menos de cien metros de la estancia. Entre los pastos dorados había guanacos y zorros, coipos y aves en el agua. En un momento miró hacia atrás y vio la casa donde llevaba ya dos meses durmiendo, “Me di cuenta que ese era el patio de mi casa’”.
Si tuviera que elegir una sola imagen para resumir esos tres meses, “sería volviendo después de uno de esos días enteros a campo, cansada, cargando la mochila, la cámara y todo el equipo, mientras empezaba a bajar la luz y aparecían las casitas de El Unco a lo lejos. Me pasaba que las veía y pensaba simplemente: ‘Ahí está casa, ya estoy llegando’”.



Daniella Mancilla Provoste
Fotos: Cindy Masud