Con la llegada del frío, los guanacos se preparan para iniciar sus migraciones estacionales entre la meseta y las zonas más bajas, un movimiento que sostiene el equilibrio de la estepa. Cómo se explican estos recorridos aún es materia de estudio, mientras se ven cada vez más afectados por alambrados y otras barreras.

En el noroeste de Santa Cruz, cuando el frío empieza a cambiar la forma en que se siente el aire, la estepa entra en otro ritmo. No es algo que se vea de inmediato, o señales que sean evidentes a simple vista, pero sucede. Los guanacos empiezan a prepararse.

Durante semanas, incluso meses, los grupos permanecen en las mesetas. Ahí pasan el verano aprovechando los brotes tiernos y nutritivos de pastos que están disponibles solo durante esta estación. Pero cuando las primeras nevadas marcan el terreno, algo se activa y entonces sí; comienza la migración.


Año tras año, distintos grupos recorren los mismos trayectos entre las zonas altas y las áreas más bajas de la provincia. “Las migraciones se caracterizan por movimientos estacionales de ida y vuelta que involucran a un gran número de individuos a la vez”, explica el biólogo y director científico de Fundación Rewilding Argentina, Emiliano Donadio.

En Santa Cruz, los desplazamientos invernales suelen ocurrir entre marzo y junio, aunque no responden a una fecha exacta. “Dependen mucho de las condiciones climáticas. En general, empiezan cuando las nevadas hacen más difícil permanecer en las mesetas”.

“Por ahora estos movimientos en Santa Cruz no han comenzado, pero es posible que en breve lo hagan, una vez que comiencen las nevadas en las mesetas”. Las dos poblaciones estudiadas hasta el momento en la provincia —Parque Patagonia y Monte León—, y únicas poblaciones estudiadas en profundidad con tecnología satelital en Sudamérica, permiten seguir de cerca estos movimientos migratorios.

A medida que esos desplazamientos se activan, también hay formas de reconocerlos en el paisaje. No hace falta ver a los animales desplazándose para entender que algo cambió. “La migración de invierno se identifica porque es posible observar cómo las zonas de invernada comienzan a poblarse de guanacos que bajan de la meseta donde pasaron el verano”, explica Donadio.

“Estos movimientos es posible que todavía ocurran en buena parte de la provincia, pero en Parque Patagonia han sido bien evaluados, por lo tanto, es relativamente sencillo darse cuenta cuando están ocurriendo”. Se trata de desplazamientos que involucran a muchos individuos al mismo tiempo y que se repiten cada año, aunque dependen de las condiciones climáticas.


No todos los guanacos hacen lo mismo

“Los individuos que migran pueden explotar mejores pasturas que los que no migran”, señala. Y eso, “les permitiría tener mayor probabilidad de supervivencia y de reproducirse exitosamente”. Esa diferencia entre los grupos abre una pregunta que todavía no tiene una única respuesta. Y es que no todos los guanacos migran, incluso viviendo en ambientes similares. Entender por qué ocurre esa diferencia abre una discusión que sigue en desarrollo dentro de la ciencia.

En los últimos años, algunos estudios comenzaron a explorar una idea que suma una nueva capa al fenómeno. Hay indicios de que estos movimientos no dependen únicamente del ambiente o del clima, sino también de información que se transmite dentro de los grupos.

“La idea central de esta teoría es que las migraciones dependen de información aprendida socialmente, más que de un programa genético predeterminado”, explica Donadio. En otras palabras, “el componente de aprendizaje es más importante que el instintivo”.

Esa línea de trabajo propone que los animales no nacen sabiendo migrar, sino que incorporan esa información a partir de la experiencia. “Los animales que migran aprenden rutas, tiempos y destinos observando a otros individuos más experimentados”, detalla. “Estudios realizados en Norteamérica muestran que, en grandes herbívoros, la migración es en gran parte cultural y no estrictamente genética. Si bien no tenemos estudios de este tipo sobre guanacos, cabe pensar que podría darse una situación similar”.

Sin embargo, no es una discusión cerrada.


Lo que está en juego no es solo el movimiento

“Cuando las migraciones se interrumpen, la memoria cultural que las sostiene no queda ‘en pausa’. Tiende a erosionarse y, con el tiempo, desaparecer”, explica Donadio.

“Esa memoria vive en individuos, sobre todo en hembras adultas y líderes experimentados, y en las interacciones sociales que permiten su transmisión”.

En ese punto, el sistema empieza a desarmarse. Si los animales no pueden completar sus recorridos, las nuevas generaciones no incorporan esas rutas. Y ahí aparece uno de los principales problemas.

“Particularmente en invierno, los alambrados pueden convertirse en una barrera letal para los guanacos”. En algunos casos, la nieve les impide saltarlos y los animales quedan atrapados de un lado. “Terminan muriendo de frío o inanición”, describe.

No es la única situación. También ocurre durante todo el año, cuando los guanacos que intentan saltar quedan enganchados. “Un estudio realizado por investigadores del CONICET en Río Negro mostró que al menos un 6,4% de la población muere enganchada en los alambrados. Si se extrapola a toda la Patagonia, esto implica miles de animales por año”, advierte.

Cuando eso sucede en pleno invierno, el escenario es aún más crítico.

“Si un grupo no puede completar su migración es porque encontró una barrera infranqueable”, explica. Y en esas condiciones, “es posible que los animales no logren sobrevivir a un ambiente cada vez más hostil”.


Lo que empieza a cambiar

Para reducir las muertes por enganche, se puede trabajar sobre los propios alambrados. Emiliano Donadío explica que “puede retirarse la hebra superior, ya que es la causante de estos enganches”. Donde se ha probado esta solución, es importante destacar que los datos preliminares muestran una disminución importante en el número de enganches.

También se abren espacios de paso para los animales más jóvenes, que no logran superar la altura del alambrado. Son intervenciones simples, pero con impacto directo sobre la supervivencia.

Sin embargo, la escala del problema va más allá de un punto específico, por lo que “no solo a nivel provincial, sino en toda el área de distribución de la especie, podría implementarse la remoción de la hebra superior y la modificación de las hebras intermedias para generar espacios de paso”, plantea.


“La pérdida de procesos migratorios no solo puede afectar a las poblaciones de guanacos”. También impacta sobre el funcionamiento del ambiente. “Se interrumpen procesos de redistribución de nutrientes, mecanismos de dispersión de semillas y se pierde heterogeneidad ambiental”.

En otras palabras, cuando esos movimientos se frenan, la estepa también cambia. “Implica la pérdida de funciones ecológicas móviles, mecanismos que conectan ecosistemas en el espacio y en el tiempo”. Cada año, cuando el frío vuelve a instalarse, algunos grupos repiten el recorrido. Bajan, atraviesan, buscan otras condiciones. Siguen un mapa que no se ve, pero que existe.

Créditos de fotos: Agustina Ojeda – Franco Bucci – Rewilding 
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