Una investigación internacional busca entender qué ocurre con los microplásticos cuando ingresan a la red alimentaria marina antártica. El estudio analiza desde agua y sedimentos hasta peces, pingüinos y mamíferos marinos y cuenta con la participación de una científica de Tierra del Fuego.
La Antártida suele aparecer en el imaginario como uno de los últimos lugares del planeta alejados de la contaminación que acompaña a las grandes ciudades y a las actividades humanas. Sin embargo, partículas de plástico de menos de cinco milímetros también han llegado hasta sus aguas.
Ahora la ciencia intenta responder una pregunta todavía más compleja: ¿qué pasa con esos pequeños fragmentos una vez que ingresan al ecosistema antártico?
Ese es uno de los objetivos de MicroANT, un proyecto internacional que estudia la transferencia de microplásticos a lo largo de las redes tróficas costeras del Océano Austral y del Atlántico Sudoccidental. La investigación es liderada por la Universidad de Barcelona y cuenta con participación argentina, entre ella la de la investigadora Natalia Paso Viola, vinculada a la Universidad Nacional de Tierra del Fuego y al CONICET.
La presencia fueguina volvió a ponerse en agenda recientemente. Según informó la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, Paso Viola participó a comienzos de septiembre de la São Paulo School of Advanced Science on Microplastics, en Brasil, un encuentro internacional dedicado al estudio de este tipo de contaminación. La investigadora fue seleccionada entre más de 1.100 postulaciones y forma parte del equipo científico que estudia los microplásticos en las redes alimentarias marinas antárticas.

Crédito foto: https://www.untdf.edu.ar/
Seguir el plástico desde el agua hasta los animales
Un microplástico mide menos de cinco milímetros. Puede tratarse de partículas producidas directamente en tamaños diminutos o del resultado de la degradación de objetos plásticos mayores. El problema es que su tamaño permite que esas partículas entren en contacto con organismos pequeños y comiencen a circular dentro de los ecosistemas.
En la Antártida, MicroANT intenta reconstruir precisamente ese recorrido.
Durante la campaña antártica 2024-2025, el equipo trabajó a bordo del buque oceanográfico BIO Hespérides y en la base antártica española Juan Carlos I, ubicada en la isla Livingston, en las Shetland del Sur. El recorrido científico incluyó el Pasaje de Drake, las Shetland del Sur y sectores de la costa de la península Antártica.
Los investigadores recolectaron muestras de agua, sedimentos, zooplancton y peces. También tomaron muestras de excrementos de pingüinos y pinnípedos, grupo al que pertenecen focas y lobos marinos. El objetivo es detectar microplásticos, conocer su composición química y, fundamentalmente, determinar cómo pueden transferirse entre distintas especies de la red alimentaria.
La escala del estudio permite seguir un recorrido que comienza entre algunos de los organismos más pequeños del océano y alcanza a grandes depredadores. La Universidad de Barcelona explicó que MicroANT analiza la cadena alimentaria desde organismos del plancton, como el kril, hasta pingüinos, focas y lobos marinos.
Pero hay algo importante: encontrar microplásticos no significa que la ciencia ya conozca todas sus consecuencias.
Entre las preguntas que intenta responder el proyecto está si las especies que se alimentan cerca del fondo marino están más expuestas y si la cantidad de partículas acumuladas cambia a medida que se asciende dentro de la cadena alimentaria. Son interrogantes que todavía están bajo estudio.

¿Cómo llegan tan lejos?
La distancia no alcanza para mantener a la Antártida aislada de este problema.
Los microplásticos ya se encuentran distribuidos por los océanos y pueden desplazarse grandes distancias. Una vez que alcanzan los ambientes polares, además, comienzan a intervenir procesos naturales que pueden modificar su recorrido.
Lluís Cardona, investigador de la Universidad de Barcelona y responsable de MicroANT, explicó al presentar el proyecto que microorganismos y pequeños animales pueden adherirse a la superficie de los plásticos. Eso aumenta su densidad y facilita que las partículas se hundan. Algo similar puede ocurrir cuando el zooplancton ingiere microplásticos y luego los concentra en sus excrementos, favoreciendo su descenso hacia zonas más profundas.
Es decir, una partícula diminuta que llega a las aguas antárticas no necesariamente permanece flotando en la superficie. Puede incorporarse a procesos biológicos y desplazarse dentro del propio ecosistema.
Ahí aparece otra de las preguntas que MicroANT busca resolver: qué especies están más expuestas y de qué manera esas partículas pasan de unas a otras.
De la Antártida al Canal Beagle
El trabajo de Paso Viola permite, además, acercar esa discusión a Tierra del Fuego.
La investigadora del CADIC-CONICET se especializa en ecología trófica y contaminación marina. Según su perfil científico en CONICET, una de sus líneas de investigación estudia la contaminación por microplásticos y su posible biomagnificación a lo largo de la cadena alimentaria en el Canal Beagle, utilizando mamíferos marinos como bioindicadores.
Así, el problema que se investiga en aguas antárticas también encuentra preguntas similares mucho más cerca de Ushuaia.
El propio proyecto MicroANT une ambos espacios. Su nombre completo refiere a la transferencia de microplásticos en las redes tróficas costeras del Océano Austral y del Atlántico Sudoccidental, y reúne investigadores de España y Argentina.
La Antártida está lejos de los grandes centros urbanos, pero no está desconectada del resto del planeta. Los microplásticos son una pequeña evidencia de esa conexión.
Ahora queda una parte quizás todavía más importante: entender qué sucede después de que llegan. Saber dónde terminan, qué organismos entran en contacto con ellos y cómo circulan por un ecosistema que, aun a miles de kilómetros de las grandes ciudades, tampoco quedó fuera del alcance de nuestra huella.